Ecobici crece: más rutas, más bicis y, sobre todo, mucha más publicidad
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Buenas noticias para el pedaleo capitalino, o al menos noticias con envoltura de buenas. La jefa de Gobierno anunció que Ecobici se expande a Iztapalapa, Iztacalco y Tlalpan, con 1,500 bicicletas renovadas y un modelo de contrato abierto, llevando el sistema a zonas donde la gente ya usa la bici como transporte real y no como accesorio dominical. La descentralización es, en serio, una buena idea: por fin la movilidad limpia sale de su burbuja de cuatro colonias fresas y toca la ciudad que de verdad se mueve en dos ruedas.
Hasta ahí el aplauso. Porque en la letra chica del anuncio venía un dato que merece cuadro de honor: la expansión traerá 62% más publicidad. Sí, leyó bien. Junto con la promesa de aire puro y ejercicio, el chilango recibirá una dosis 62% mayor de espectaculares rodantes recordándole qué comprar mientras suda cuesta arriba. El argumento oficial es impecable y hasta cierto: la publicidad ayuda a financiar el sistema. Nadie regala bicicletas. Pero hay algo entrañable en que la solución ecológica de la ciudad venga tapizada de anuncios, como si la única forma de respirar mejor fuera leyendo marcas a 15 kilómetros por hora.
El detalle que redondea la epopeya llegó por otra puerta: la empresa operadora del sistema cerró sus primeros cinco años con al menos 2,668 bicicletas robadas o en mantenimiento, y dejó de ganar millones por incumplimiento de servicio. Es decir, mientras celebramos que llegan 1,500 bicis nuevas, conviene recordar que casi el doble se esfumó o quedó tirado en un taller. La aritmética del pedaleo capitalino es generosa para entrar y discreta para salir: entran con banda y globos, se van sin comunicado.
Y sin embargo, uno quiere que funcione. Que Iztapalapa tenga sus estaciones, que Tlalpan se llene de ciclistas, que la bici deje de ser postal hipster y sea transporte digno. Solo pedimos una cosa a cambio de tanto anuncio: que la próxima bicicleta renovada dure más que el contrato publicitario que lleva pegado en la canastilla. Porque en esta ciudad ya aprendimos que lo verde se anuncia fácil; lo difícil es que no te lo roben antes de que le tomes la foto. Pedalee, ciudadano, pedalee: usted mueve la rueda y, de pasada, la economía de quien renta el espectacular que carga.
Hasta ahí el aplauso. Porque en la letra chica del anuncio venía un dato que merece cuadro de honor: la expansión traerá 62% más publicidad. Sí, leyó bien. Junto con la promesa de aire puro y ejercicio, el chilango recibirá una dosis 62% mayor de espectaculares rodantes recordándole qué comprar mientras suda cuesta arriba. El argumento oficial es impecable y hasta cierto: la publicidad ayuda a financiar el sistema. Nadie regala bicicletas. Pero hay algo entrañable en que la solución ecológica de la ciudad venga tapizada de anuncios, como si la única forma de respirar mejor fuera leyendo marcas a 15 kilómetros por hora.
El detalle que redondea la epopeya llegó por otra puerta: la empresa operadora del sistema cerró sus primeros cinco años con al menos 2,668 bicicletas robadas o en mantenimiento, y dejó de ganar millones por incumplimiento de servicio. Es decir, mientras celebramos que llegan 1,500 bicis nuevas, conviene recordar que casi el doble se esfumó o quedó tirado en un taller. La aritmética del pedaleo capitalino es generosa para entrar y discreta para salir: entran con banda y globos, se van sin comunicado.
Y sin embargo, uno quiere que funcione. Que Iztapalapa tenga sus estaciones, que Tlalpan se llene de ciclistas, que la bici deje de ser postal hipster y sea transporte digno. Solo pedimos una cosa a cambio de tanto anuncio: que la próxima bicicleta renovada dure más que el contrato publicitario que lleva pegado en la canastilla. Porque en esta ciudad ya aprendimos que lo verde se anuncia fácil; lo difícil es que no te lo roben antes de que le tomes la foto. Pedalee, ciudadano, pedalee: usted mueve la rueda y, de pasada, la economía de quien renta el espectacular que carga.