Morelia, nueva capital gastronómica del ambulantaje… importado
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Hay ciudades que sueñan con atraer inversión extranjera. Morelia lo logró, pero en su versión más humilde: el primer cuadro amaneció tomado por vendedores ambulantes que, según el propio director de Mercados, no son de aquí. Vienen de Orizaba, Veracruz, en su mayoría, con refuerzos de Puebla y del Estado de México. Un fenómeno migratorio digno de estudio: mientras el país entero discute fronteras, el Centro Histórico se convirtió en zona de libre comercio sin aduana, sin permiso y sin preguntar.
Uno imaginaría que para instalar un puesto frente a la catedral hace falta trámite, licencia, tal vez una vela a algún santo burocrático. Pues no. Basta con llegar temprano, extender la lona y esperar a que la clientela confunda el patrimonio de la humanidad con un tianguis regional. La competencia local, esa que sí paga piso, permiso y coraje, observa con la resignación de quien descubre que en su propia casa ahora se cobra la entrada… pero se la lleva un forastero.
La autoridad reaccionó con toda la contundencia de un suspiro: habrá operativos de retiro, sí, pero «durante los eventos masivos». Es decir, la vigilancia del espacio público en Morelia funciona como los foquitos navideños: solo se prenden en temporada. El resto del año, el ambulante foráneo puede dormir tranquilo, porque el reglamento tiene horario de oficina y él no.
Lo verdaderamente notable es el mensaje que manda la ciudad: no importa de dónde vengas, aquí hay lugar para tu changarro, siempre y cuando no coincida con una fiesta patronal. Es la hospitalidad michoacana llevada al extremo del absurdo. Orizaba mandó a sus mejores exportadores, y Morelia, sin firmar tratado alguno, se volvió su mercado favorito. Ya solo falta que el próximo informe de gobierno presuma el dato como «derrama económica» y le corte el listón.
Uno imaginaría que para instalar un puesto frente a la catedral hace falta trámite, licencia, tal vez una vela a algún santo burocrático. Pues no. Basta con llegar temprano, extender la lona y esperar a que la clientela confunda el patrimonio de la humanidad con un tianguis regional. La competencia local, esa que sí paga piso, permiso y coraje, observa con la resignación de quien descubre que en su propia casa ahora se cobra la entrada… pero se la lleva un forastero.
La autoridad reaccionó con toda la contundencia de un suspiro: habrá operativos de retiro, sí, pero «durante los eventos masivos». Es decir, la vigilancia del espacio público en Morelia funciona como los foquitos navideños: solo se prenden en temporada. El resto del año, el ambulante foráneo puede dormir tranquilo, porque el reglamento tiene horario de oficina y él no.
Lo verdaderamente notable es el mensaje que manda la ciudad: no importa de dónde vengas, aquí hay lugar para tu changarro, siempre y cuando no coincida con una fiesta patronal. Es la hospitalidad michoacana llevada al extremo del absurdo. Orizaba mandó a sus mejores exportadores, y Morelia, sin firmar tratado alguno, se volvió su mercado favorito. Ya solo falta que el próximo informe de gobierno presuma el dato como «derrama económica» y le corte el listón.