El achique más difícil del portero: perseguir al ladrón hasta la calle
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Los porteros viven para un instante: ese en que todo el estadio contiene el aire y ellos vuelan. Al arquero del Club León le tocó su atajada más rara lejos de la cancha, de madrugada y sin público, cuando regresó a su casa en La Valenciana y se encontró la peor sorpresa: varios encapuchados adentro, presuntamente dedicados a la sustracción de joyas, relojes y ropa.
Lo que siguió fue puro instinto de área chica. En vez de quedarse petrificado, el portero salió a achicar: descubrió a los intrusos, los espantó y hasta persiguió a uno hasta el exterior de la vivienda. Cinco lograron escapar; el sexto conoció, quizá, el reflejo de alguien acostumbrado a que nada le pase por un lado sin intentar detenerlo. Fue, técnicamente, el achique más valiente de su temporada.
Y aquí es donde la sonrisa se agria un poquito. Porque una cosa es atajar penales y otra, muy distinta, es tener que atajar delincuentes en tu propia sala. Que un profesional tenga que salir corriendo tras un ladrón en un fraccionamiento residencial dice menos de su valentía —que la tuvo de sobra— y más del tamaño del problema: si en La Valenciana entran encapuchados a media noche, la seguridad ya nos metió gol de vestidor.
Ojalá la anécdota quede solo en susto y en historia para contar. Pero conviene no romantizarla: el arquero hizo el trabajo que, en teoría, le toca a otros. Persiguió, corrió, arriesgó. Debería poder llegar a su casa y colgar los guantes, no ponérselos otra vez para defender el patrimonio a las tres de la mañana.
Que conste el aplauso por los reflejos. Y que conste, también, la pregunta incómoda: si hasta los que se ganan la vida deteniendo cosas tienen que salir a perseguir ladrones por su cuenta, ¿qué nos queda a los que no sabemos ni tirar un despeje? En León, por lo visto, el mejor sistema de seguridad sigue siendo tener buenos reflejos.
Lo que siguió fue puro instinto de área chica. En vez de quedarse petrificado, el portero salió a achicar: descubrió a los intrusos, los espantó y hasta persiguió a uno hasta el exterior de la vivienda. Cinco lograron escapar; el sexto conoció, quizá, el reflejo de alguien acostumbrado a que nada le pase por un lado sin intentar detenerlo. Fue, técnicamente, el achique más valiente de su temporada.
Y aquí es donde la sonrisa se agria un poquito. Porque una cosa es atajar penales y otra, muy distinta, es tener que atajar delincuentes en tu propia sala. Que un profesional tenga que salir corriendo tras un ladrón en un fraccionamiento residencial dice menos de su valentía —que la tuvo de sobra— y más del tamaño del problema: si en La Valenciana entran encapuchados a media noche, la seguridad ya nos metió gol de vestidor.
Ojalá la anécdota quede solo en susto y en historia para contar. Pero conviene no romantizarla: el arquero hizo el trabajo que, en teoría, le toca a otros. Persiguió, corrió, arriesgó. Debería poder llegar a su casa y colgar los guantes, no ponérselos otra vez para defender el patrimonio a las tres de la mañana.
Que conste el aplauso por los reflejos. Y que conste, también, la pregunta incómoda: si hasta los que se ganan la vida deteniendo cosas tienen que salir a perseguir ladrones por su cuenta, ¿qué nos queda a los que no sabemos ni tirar un despeje? En León, por lo visto, el mejor sistema de seguridad sigue siendo tener buenos reflejos.