"No se lo sugiero a nadie": la reseña más honesta jamás escrita sobre un cargo público
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En un país donde los políticos suelen describir sus puestos con adjetivos de folleto turístico —"un honor", "un privilegio", "un compromiso con el pueblo"—, la alcaldesa de Apatzingán, Fanny Arreola, decidió romper el género con una frase que merece enmarcarse: sobre ocupar la presidencia municipal, dijo que "no se lo sugiero a nadie".
Uno lee eso y de inmediato entiende que no está frente a un discurso de campaña, sino frente a una advertencia sanitaria. Es el tipo de reseña que uno esperaría en la puerta de una casa embrujada, no en la descripción de un cargo por el que, en teoría, la gente hace filas, gasta millones y se pelea en asambleas. La funcionaria relató en entrevista que en al menos una ocasión temió por su integridad o la de su familia, y ahí la frase deja de ser ocurrencia para volverse retrato de un municipio de Tierra Caliente donde gobernar y sobrevivir a veces se conjugan en la misma oración.
Lo notable no es que un cargo público sea difícil —todos lo son, o deberían serlo—, sino la sinceridad brutal de admitirlo en voz alta. Estamos acostumbrados a que los alcaldes salgan a decir que "todo marcha bien", que "vamos por buen camino", que "nunca me he sentido más seguro". Que una presidenta municipal declare abiertamente que no le recomienda el puesto a nadie es, a su modo, el diagnóstico más certero que hemos escuchado sobre el estado de las cosas en ciertas regiones de Michoacán. Vale más esa frase que veinte informes de gobierno con gráficas de colores.
Hay quien dirá que es imprudente, que un cargo se defiende con optimismo. Pero también hay algo profundamente respetable en no fingir. En lugar del clásico teatro de que todo está bajo control, aquí hay una funcionaria diciendo lo que muchos de sus colegas piensan y callan por conveniencia. La honestidad, en política, es tan rara que cuando aparece uno casi no sabe si aplaudir o preocuparse.
Así que quede como frase del mes, y quizá del año: gobernar Apatzingán, según quien lo hace, no se lo sugiere a nadie. Ojalá que la próxima honestidad venga acompañada de las condiciones para que gobernar deje de ser una advertencia y vuelva a ser, simplemente, un trabajo. Mientras tanto, agradezcamos la sinceridad. Es más de lo que suele ofrecer el género.
Uno lee eso y de inmediato entiende que no está frente a un discurso de campaña, sino frente a una advertencia sanitaria. Es el tipo de reseña que uno esperaría en la puerta de una casa embrujada, no en la descripción de un cargo por el que, en teoría, la gente hace filas, gasta millones y se pelea en asambleas. La funcionaria relató en entrevista que en al menos una ocasión temió por su integridad o la de su familia, y ahí la frase deja de ser ocurrencia para volverse retrato de un municipio de Tierra Caliente donde gobernar y sobrevivir a veces se conjugan en la misma oración.
Lo notable no es que un cargo público sea difícil —todos lo son, o deberían serlo—, sino la sinceridad brutal de admitirlo en voz alta. Estamos acostumbrados a que los alcaldes salgan a decir que "todo marcha bien", que "vamos por buen camino", que "nunca me he sentido más seguro". Que una presidenta municipal declare abiertamente que no le recomienda el puesto a nadie es, a su modo, el diagnóstico más certero que hemos escuchado sobre el estado de las cosas en ciertas regiones de Michoacán. Vale más esa frase que veinte informes de gobierno con gráficas de colores.
Hay quien dirá que es imprudente, que un cargo se defiende con optimismo. Pero también hay algo profundamente respetable en no fingir. En lugar del clásico teatro de que todo está bajo control, aquí hay una funcionaria diciendo lo que muchos de sus colegas piensan y callan por conveniencia. La honestidad, en política, es tan rara que cuando aparece uno casi no sabe si aplaudir o preocuparse.
Así que quede como frase del mes, y quizá del año: gobernar Apatzingán, según quien lo hace, no se lo sugiere a nadie. Ojalá que la próxima honestidad venga acompañada de las condiciones para que gobernar deje de ser una advertencia y vuelva a ser, simplemente, un trabajo. Mientras tanto, agradezcamos la sinceridad. Es más de lo que suele ofrecer el género.