"No es nepotismo, es que mi mamá también ganó": la fina defensa de Acatlán
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Hay explicaciones que resuelven un problema y hay explicaciones que lo consagran. La presidenta municipal de Acatlán de Osorio, en Puebla, optó por la segunda vía. Confirmó que su madre forma parte de la fórmula electoral como su suplente y, lejos de esconderlo, salió en redes sociales a defender que eso no constituye nepotismo. El argumento estrella: se trata de un cargo obtenido mediante elección popular y no de una designación directa desde el Ayuntamiento.
Hagamos una pausa para admirar la arquitectura del razonamiento. La tesis viene a decir que el nepotismo desaparece por completo en cuanto el familiar aparece en la boleta. Es decir, no hay favoritismo si hay urna de por medio. Bajo esa doctrina jurídica de vanguardia, el problema del amiguismo y el compadrazgo en México se resolvería con un trámite: pon a tu pariente en la papeleta y deja que el pueblo, soberano, ratifique el arreglo familiar. Democracia participativa aplicada a la sobremesa.
El detalle es que una suplencia no es un premio de lotería que le cae a un desconocido: es un lugar que se decide al armar la fórmula, mucho antes de que nadie vote. Que la mamá termine siendo la reserva estratégica de la hija no es una casualidad del destino ni un capricho del electorado; es una decisión de escritorio con acta de nacimiento adjunta. Pero reconozcámosle a la alcaldesa la franqueza: en lugar de inventar una tía lejana o un homónimo providencial, defendió el asunto a cara descubierta, con el orgullo de quien no ve nada raro en tenerlo todo en casa.
La defensa llega, además, en medio de un conflicto político con vecinos que han pedido su destitución, así que el timing no podría ser más delicado. Nada calma a una ciudadanía molesta como recordarle que el segundo lugar de la fórmula lo ocupa la señora que crió a la titular. La estabilidad institucional, ahora sí, garantizada por vínculo consanguíneo.
Queda pendiente lo que el Poder Legislativo determine sobre la posibilidad de instalar un Concejo Municipal. Mientras tanto, Acatlán nos deja una lección de honestidad involuntaria: el nepotismo no se combate negándolo, se combate poniéndolo a votación. Que levante la mano quien no haya soñado con un suplente de absoluta confianza. Idealmente, uno que además le pase la sal en la comida del domingo.
Hagamos una pausa para admirar la arquitectura del razonamiento. La tesis viene a decir que el nepotismo desaparece por completo en cuanto el familiar aparece en la boleta. Es decir, no hay favoritismo si hay urna de por medio. Bajo esa doctrina jurídica de vanguardia, el problema del amiguismo y el compadrazgo en México se resolvería con un trámite: pon a tu pariente en la papeleta y deja que el pueblo, soberano, ratifique el arreglo familiar. Democracia participativa aplicada a la sobremesa.
El detalle es que una suplencia no es un premio de lotería que le cae a un desconocido: es un lugar que se decide al armar la fórmula, mucho antes de que nadie vote. Que la mamá termine siendo la reserva estratégica de la hija no es una casualidad del destino ni un capricho del electorado; es una decisión de escritorio con acta de nacimiento adjunta. Pero reconozcámosle a la alcaldesa la franqueza: en lugar de inventar una tía lejana o un homónimo providencial, defendió el asunto a cara descubierta, con el orgullo de quien no ve nada raro en tenerlo todo en casa.
La defensa llega, además, en medio de un conflicto político con vecinos que han pedido su destitución, así que el timing no podría ser más delicado. Nada calma a una ciudadanía molesta como recordarle que el segundo lugar de la fórmula lo ocupa la señora que crió a la titular. La estabilidad institucional, ahora sí, garantizada por vínculo consanguíneo.
Queda pendiente lo que el Poder Legislativo determine sobre la posibilidad de instalar un Concejo Municipal. Mientras tanto, Acatlán nos deja una lección de honestidad involuntaria: el nepotismo no se combate negándolo, se combate poniéndolo a votación. Que levante la mano quien no haya soñado con un suplente de absoluta confianza. Idealmente, uno que además le pase la sal en la comida del domingo.