El Tesla que descubrió que en San Pedro también hay barrancos
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Hay caídas que retratan a un municipio, y esta las tiene todas. La madrugada del domingo, un hombre a bordo de su Tesla protagonizó el descenso más caro de San Pedro: unos quince metros de barranco hacia abajo, en pleno Antiguo Camino a San Agustín, a la altura de la colonia Renacimiento, sector Rincón del Pinal. Porque si uno se va a desbarrancar, que sea con estilo, pantalla táctil y cero emisiones.
El reporte entró alrededor de las 4:50 de la madrugada, esa hora en que en San Pedro solo andan despiertos los repartidores de pan, los veladores y, aparentemente, los pilotos de pruebas de manejo extremo. Protección Civil municipal llegó pensando que hallaría una tragedia y se topó con algo más regio: el conductor no solo estaba vivo, sino que se rehusó a que lo trasladaran porque, según él, únicamente le dolía una extremidad. En San Pedro uno no se sube a cualquier ambulancia; primero pregunta el modelo.
El detalle poético es que el auto eléctrico, ese que prometía salvar al planeta, terminó demostrando que la física de una curva no distingue entre motor de gasolina y motor ecológico. Quince metros de gravedad son quince metros de gravedad, traigas Tesla o traigas carcachita. La diferencia es que la carcachita no cuesta lo que una casa y no genera comunicado.
Uno imagina la escena: el conductor, valorado y adolorido, negándose al hospital con la dignidad intacta y el coche hecho acordeón allá abajo, tan lejos que ni la grúa quería bajar. Ninguna aplicación de conducción autónoma contempla el modo “barranco de la colonia Renacimiento”. Habrá que sugerirlo en la próxima actualización.
La moraleja sampetrina es sencilla: el dinero compra muchas cosas —un auto silencioso, un GPS carísimo, un seguro de lujo— pero no compra frenos donde el camino se acaba y empieza el vacío. Que descanse el vehículo. Al conductor, que ya solo le dolía un brazo, deseémosle pronta recuperación y, sobre todo, una ruta con menos precipicios y más sentido común.
El reporte entró alrededor de las 4:50 de la madrugada, esa hora en que en San Pedro solo andan despiertos los repartidores de pan, los veladores y, aparentemente, los pilotos de pruebas de manejo extremo. Protección Civil municipal llegó pensando que hallaría una tragedia y se topó con algo más regio: el conductor no solo estaba vivo, sino que se rehusó a que lo trasladaran porque, según él, únicamente le dolía una extremidad. En San Pedro uno no se sube a cualquier ambulancia; primero pregunta el modelo.
El detalle poético es que el auto eléctrico, ese que prometía salvar al planeta, terminó demostrando que la física de una curva no distingue entre motor de gasolina y motor ecológico. Quince metros de gravedad son quince metros de gravedad, traigas Tesla o traigas carcachita. La diferencia es que la carcachita no cuesta lo que una casa y no genera comunicado.
Uno imagina la escena: el conductor, valorado y adolorido, negándose al hospital con la dignidad intacta y el coche hecho acordeón allá abajo, tan lejos que ni la grúa quería bajar. Ninguna aplicación de conducción autónoma contempla el modo “barranco de la colonia Renacimiento”. Habrá que sugerirlo en la próxima actualización.
La moraleja sampetrina es sencilla: el dinero compra muchas cosas —un auto silencioso, un GPS carísimo, un seguro de lujo— pero no compra frenos donde el camino se acaba y empieza el vacío. Que descanse el vehículo. Al conductor, que ya solo le dolía un brazo, deseémosle pronta recuperación y, sobre todo, una ruta con menos precipicios y más sentido común.