El monje del Senado: cuatro meses de retiro espiritual con goce de sueldo
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Hay ausencias y hay AUSENCIAS. La de un servidor público que reaparece en el Senado tras 124 días —o 125, dependiendo de qué diario lleve mejor la cuenta— pertenece a esa segunda categoría, la de las desapariciones que merecen documental. El senador volvió a su curul justo un día antes de que arrancara el periodo ordinario, con el timing impecable de quien llega a la fiesta cuando ya está puesta la mesa, y soltó la frase que va directo al mármol de la historia parlamentaria: "Jamás me absenté de mis responsabilidades legislativas".
Hermoso. Uno se ausenta del trabajo dos horas para ir al dentista y regresa dando explicaciones como si hubiera cometido alta traición; este hombre desaparece del radar durante un tercio de año y regresa con la serenidad del que nunca se fue. Según su versión, el tiempo lo dedicó a preparar dictámenes de 22 reformas junto a su equipo técnico, en lo que describió como "quizás la agenda más intensa de trabajo interno". Es decir: trabajaba tanto que no le quedaba tiempo de ir a trabajar. Una paradoja que ni los 62 estudiantes de matemáticas del estado podrían resolver.
El detalle sabroso es que el hombre reapareció apenas una semana después de anunciar su separación de la bancada que lo llevó ahí, con lo cual el reencuentro tuvo el aire de esas reconciliaciones familiares donde todos sonríen para la foto pero nadie se dirige la palabra. Y por si la escena necesitaba condimento, un senador de oposición le exigió públicamente que "no se haga tarugo y dé la cara", elevando el debate legislativo nacional a la altura de una discusión de banqueta.
Aquí, en El Destiempo, aplaudimos la innovación laboral. Porque si presentarse a la oficina ya es opcional, si el micrófono es un privilegio que se negocia y si cuatro meses de ausencia se llaman "trabajo interno", entonces todos deberíamos aspirar a ese contrato. El ciudadano promedio, ese que sí ficha entrada y salida todos los días, mira la escena y solo atina a preguntarse dónde se apunta uno para ese retiro espiritual con dieta, seguro médico y fuero. Bienvenido de vuelta, senador. Lo extrañamos, aunque usted jure que nunca estuvo lejos.
Hermoso. Uno se ausenta del trabajo dos horas para ir al dentista y regresa dando explicaciones como si hubiera cometido alta traición; este hombre desaparece del radar durante un tercio de año y regresa con la serenidad del que nunca se fue. Según su versión, el tiempo lo dedicó a preparar dictámenes de 22 reformas junto a su equipo técnico, en lo que describió como "quizás la agenda más intensa de trabajo interno". Es decir: trabajaba tanto que no le quedaba tiempo de ir a trabajar. Una paradoja que ni los 62 estudiantes de matemáticas del estado podrían resolver.
El detalle sabroso es que el hombre reapareció apenas una semana después de anunciar su separación de la bancada que lo llevó ahí, con lo cual el reencuentro tuvo el aire de esas reconciliaciones familiares donde todos sonríen para la foto pero nadie se dirige la palabra. Y por si la escena necesitaba condimento, un senador de oposición le exigió públicamente que "no se haga tarugo y dé la cara", elevando el debate legislativo nacional a la altura de una discusión de banqueta.
Aquí, en El Destiempo, aplaudimos la innovación laboral. Porque si presentarse a la oficina ya es opcional, si el micrófono es un privilegio que se negocia y si cuatro meses de ausencia se llaman "trabajo interno", entonces todos deberíamos aspirar a ese contrato. El ciudadano promedio, ese que sí ficha entrada y salida todos los días, mira la escena y solo atina a preguntarse dónde se apunta uno para ese retiro espiritual con dieta, seguro médico y fuero. Bienvenido de vuelta, senador. Lo extrañamos, aunque usted jure que nunca estuvo lejos.