El PRI descubre la militancia eterna: 27 mil afiliados que ni la muerte da de baja
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El Partido Revolucionario Institucional acaba de lograr algo que la mayoría de las religiones solo promete: la vida después de la vida, comprobable en padrón. La revisión del INE encontró que el tricolor perdió casi 600 mil militantes en tres años y quedó reducido a poco más de 800 mil afiliados, una caída que, medida contra sus mejores tiempos, supera el 87 por ciento. Pero el dato que merece un altar no es la sangría, sino su composición: entre las anomalías detectadas hay 27 mil militantes que ya habían fallecido y más de 41 mil nombres duplicados en padrones de otros partidos.
Hagamos justicia al partido: nadie puede acusarlo de deslealtad. Sus militantes son tan fieles que siguen afiliados desde el más allá, sin exigir credencial vigente ni asistir a asambleas, que es exactamente el tipo de base que todo dirigente sueña. No protestan, no piden auditorías, no se van con la competencia —aunque, según el INE, algunos sí aparecen simultáneamente en la competencia, lo cual sugiere una militancia no solo eterna sino ubicua—. Es el afiliado perfecto: cotiza para el registro y jamás opina.
Lo fascinante es imaginar la logística. Mientras el resto de los mexicanos hace fila cinco horas para renovar la credencial de elector —porque el INE arrancó justo esta semana su campaña intensa de credencialización rumbo a 2027—, en el padrón tricolor la gente se da de alta sin necesidad de trámite, comprobante ni, aparentemente, signos vitales. Si el instituto quisiera engrosar el listado nominal de verdad, debería estudiar el método: aquí el requisito no es estar vivo, es estar apuntado.
El partido enfrenta ahora la nada envidiable tarea de demostrar que todavía cumple el mínimo de afiliados reales para conservar su registro nacional. Y ahí es donde la militancia fantasma deja de ser chiste y se vuelve factura: los muertos no votan, no marchan y, sobre todo, no cuentan para el 0.26 por ciento que exige la ley. Resulta que la lealtad de ultratumba, tan conmovedora, no aparece en la contabilidad electoral.
Queda una moraleja para todos los partidos que hoy se ríen del tricolor: revisen su propio clóset antes de reírse del ajeno, no vaya a ser que también tengan una legión de fieles que llevan años sin dar señales de vida más allá del número. En política mexicana, al final, el padrón siempre acaba pareciéndose menos a un movimiento y más a un cementerio con buena organización.
Hagamos justicia al partido: nadie puede acusarlo de deslealtad. Sus militantes son tan fieles que siguen afiliados desde el más allá, sin exigir credencial vigente ni asistir a asambleas, que es exactamente el tipo de base que todo dirigente sueña. No protestan, no piden auditorías, no se van con la competencia —aunque, según el INE, algunos sí aparecen simultáneamente en la competencia, lo cual sugiere una militancia no solo eterna sino ubicua—. Es el afiliado perfecto: cotiza para el registro y jamás opina.
Lo fascinante es imaginar la logística. Mientras el resto de los mexicanos hace fila cinco horas para renovar la credencial de elector —porque el INE arrancó justo esta semana su campaña intensa de credencialización rumbo a 2027—, en el padrón tricolor la gente se da de alta sin necesidad de trámite, comprobante ni, aparentemente, signos vitales. Si el instituto quisiera engrosar el listado nominal de verdad, debería estudiar el método: aquí el requisito no es estar vivo, es estar apuntado.
El partido enfrenta ahora la nada envidiable tarea de demostrar que todavía cumple el mínimo de afiliados reales para conservar su registro nacional. Y ahí es donde la militancia fantasma deja de ser chiste y se vuelve factura: los muertos no votan, no marchan y, sobre todo, no cuentan para el 0.26 por ciento que exige la ley. Resulta que la lealtad de ultratumba, tan conmovedora, no aparece en la contabilidad electoral.
Queda una moraleja para todos los partidos que hoy se ríen del tricolor: revisen su propio clóset antes de reírse del ajeno, no vaya a ser que también tengan una legión de fieles que llevan años sin dar señales de vida más allá del número. En política mexicana, al final, el padrón siempre acaba pareciéndose menos a un movimiento y más a un cementerio con buena organización.