Se busca celular con información crucial; última vez visto en manos de nadie
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Hay historias policiales de robo, de secuestro y de fraude. Michoacán inauguró una nueva: la del teléfono desaparecido que todo mundo persigue hablando de él, pero que nadie tiene enfrente. Los celulares del alcalde asesinado de Uruapan llevan semanas convertidos en el gran objeto perdido de la investigación, y su leyenda crece cada vez que un funcionario abre la boca para asegurar que él no tuvo la culpa.
El gobernador lo repite con solemnidad de spot: la información de esos aparatos es fundamental, es crucial, es la llave para avanzar. Uno casi espera que en cualquier momento pida al público colaborar con datos, como en los programas de personas extraviadas. El fiscal, por su parte, sale a jurar que de omisiones nada: que él sí requirió los teléfonos a tiempo y que si no aparecieron no fue por descuido suyo. Es la coartada más humana del expediente: todos hicieron su parte, y aun así el objeto no está.
De la banca se levanta entonces un dirigente priista para decir lo que muchos piensan en voz baja: que tanto sombrerazo y tanto manoseo de los equipos no entregados terminan sembrando la sospecha de que había algo que ocultar. No acusa de un delito; describe el efecto óptico. Y en política michoacana el efecto óptico pesa tanto como la prueba: si un teléfono anda de mano en mano sin llegar a la carpeta, la gente no piensa en burocracia, piensa en truco.
Para que la trama no se quede corta de personajes, un líder transportista añadió su propio capítulo: denunció que hombres armados entraron a un domicilio, amenazaron a un colaborador con una pistola y se llevaron, entre otras cosas, celulares. En cualquier otro estado eso sería la nota principal; aquí es apenas una subtrama más del mismo género, el del aparato que se esfuma y de la responsabilidad que nadie firma.
El resultado es un espectáculo insólito: una fiscalía, un gobierno, un partido y un gremio hablando sin parar de unos teléfonos que ninguno enseña. Michoacán descubrió que se puede investigar un objeto por pura conversación, como quien discute durante horas dónde quedó la cartera sin levantarse del sillón a buscarla. Y mientras el aparatito siga 'crucial' pero ausente, la única señal que a todos les llega clarísima es la del ridículo.
El gobernador lo repite con solemnidad de spot: la información de esos aparatos es fundamental, es crucial, es la llave para avanzar. Uno casi espera que en cualquier momento pida al público colaborar con datos, como en los programas de personas extraviadas. El fiscal, por su parte, sale a jurar que de omisiones nada: que él sí requirió los teléfonos a tiempo y que si no aparecieron no fue por descuido suyo. Es la coartada más humana del expediente: todos hicieron su parte, y aun así el objeto no está.
De la banca se levanta entonces un dirigente priista para decir lo que muchos piensan en voz baja: que tanto sombrerazo y tanto manoseo de los equipos no entregados terminan sembrando la sospecha de que había algo que ocultar. No acusa de un delito; describe el efecto óptico. Y en política michoacana el efecto óptico pesa tanto como la prueba: si un teléfono anda de mano en mano sin llegar a la carpeta, la gente no piensa en burocracia, piensa en truco.
Para que la trama no se quede corta de personajes, un líder transportista añadió su propio capítulo: denunció que hombres armados entraron a un domicilio, amenazaron a un colaborador con una pistola y se llevaron, entre otras cosas, celulares. En cualquier otro estado eso sería la nota principal; aquí es apenas una subtrama más del mismo género, el del aparato que se esfuma y de la responsabilidad que nadie firma.
El resultado es un espectáculo insólito: una fiscalía, un gobierno, un partido y un gremio hablando sin parar de unos teléfonos que ninguno enseña. Michoacán descubrió que se puede investigar un objeto por pura conversación, como quien discute durante horas dónde quedó la cartera sin levantarse del sillón a buscarla. Y mientras el aparatito siga 'crucial' pero ausente, la única señal que a todos les llega clarísima es la del ridículo.