Monopatines eternos: la despedida más larga de la CDMX
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Hay cosas que en la Ciudad de México nunca terminan: las obras del Metro, la promesa de la línea que faltaba y, desde ayer, la despedida de los scooters. La Secretaría de Movilidad dio por concluida el primero de septiembre la prueba piloto del servicio de monopatines eléctricos que operaban tres empresas, con hasta mil unidades cada una. "El día de mañana ya no pueden circular", declaró el secretario con esa firmeza que en esta ciudad dura exactamente hasta el día siguiente.
Porque llegó el día de mañana y los scooters seguían ahí, recargados en los postes de tres alcaldías como quien se despide en la puerta pero no se va. Semovi, magnánima, otorgó cinco días más para retirarlos. Cinco días. La misma prórroga que en esta capital se les da a los puestos ambulantes, a los coches en doble fila y a las relaciones que ya no dan para más.
El esquema había nacido para el Mundial, con un plazo inicial de 60 días, luego extendido, luego extendido otra vez, en esa modalidad tan nuestra del "provisional permanente". Y ahora la autoridad anuncia que "analizará los datos del piloto" para decidir si regresan. Traducción: ni se quedan ni se van; entran en ese limbo burocrático donde habitan los pendientes eternos, flotando sobre la banqueta igual que flotan sobre el reglamento.
Uno casi les toma cariño. El monopatín compartido fue esa breve utopía en la que un adulto profesional podía sentirse ejecutivo escandinavo camino a la oficina, hasta que el aparato lo abandonaba sin batería a media Condesa. Democratizaron la movilidad y también la caída aparatosa frente a desconocidos, que ya es igualdad de algo.
Mientras tanto, los peatones —esa especie protegida en el discurso y atropellada en la práctica— observan cómo el vehículo que prometía descongestionar la ciudad termina, como todo aquí, estacionado indefinidamente a la espera de un dictamen. La única certeza es que para el sábado habrá que volver a decir adiós. Y a lo mejor, con suerte, esta vez sí se van. O nos volvemos a ver el lunes.
Porque llegó el día de mañana y los scooters seguían ahí, recargados en los postes de tres alcaldías como quien se despide en la puerta pero no se va. Semovi, magnánima, otorgó cinco días más para retirarlos. Cinco días. La misma prórroga que en esta capital se les da a los puestos ambulantes, a los coches en doble fila y a las relaciones que ya no dan para más.
El esquema había nacido para el Mundial, con un plazo inicial de 60 días, luego extendido, luego extendido otra vez, en esa modalidad tan nuestra del "provisional permanente". Y ahora la autoridad anuncia que "analizará los datos del piloto" para decidir si regresan. Traducción: ni se quedan ni se van; entran en ese limbo burocrático donde habitan los pendientes eternos, flotando sobre la banqueta igual que flotan sobre el reglamento.
Uno casi les toma cariño. El monopatín compartido fue esa breve utopía en la que un adulto profesional podía sentirse ejecutivo escandinavo camino a la oficina, hasta que el aparato lo abandonaba sin batería a media Condesa. Democratizaron la movilidad y también la caída aparatosa frente a desconocidos, que ya es igualdad de algo.
Mientras tanto, los peatones —esa especie protegida en el discurso y atropellada en la práctica— observan cómo el vehículo que prometía descongestionar la ciudad termina, como todo aquí, estacionado indefinidamente a la espera de un dictamen. La única certeza es que para el sábado habrá que volver a decir adiós. Y a lo mejor, con suerte, esta vez sí se van. O nos volvemos a ver el lunes.