Diez años a oscuras: el CAM de Abasolo por fin encuentra el apagador
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Hay obras que se inauguran con banda, listón y discurso. Y hay servicios que, por lo visto, requieren primero cumplir una condena. En Abasolo, el Centro de Atención Múltiple —la escuela para personas con discapacidad— pasó DIEZ años sin energía eléctrica. Una década completa. Se dice rápido, pero son diez ciclos escolares en penumbra, diez veranos sin ventilador y diez generaciones de alumnos que no pudieron usar el aula de estimulación sensorial porque, para estimular los sentidos, ayuda bastante que haya luz.
La historia arranca con actos vandálicos que dejaron destrozos y se llevaron el cableado, presuntamente durante la administración de Samuel Amezola. A partir de ahí, el aula se apagó y nadie encontró el interruptor. La directora del plantel, Astrid García, lo resumió sin adornos: el espacio quedó inutilizable y los directamente perjudicados fueron los alumnos. Pasaron tres administraciones. Tres. Cada una tuvo la oportunidad de resolver algo tan básico como un recibo de la CFE, y cada una prefirió mirar hacia otro lado, que en la oscuridad es más fácil.
Ahora sí, con inversión de 800 mil pesos, el CAM recuperó la electricidad y hasta hubo anuncio de gala: el presidente municipal Job Gallardo informó que los 35 estudiantes recibirán una beca mensual de mil 500 pesos a partir de octubre. Bienvenida la luz y bienvenida la beca; nadie con dos dedos de frente va a criticar que a estos niños les llegue apoyo. El problema no es lo que se hizo, sino lo que costó llegar hasta aquí: una década de omisión convertida, de la noche a la mañana, en foto de logro.
Porque conviene no confundir. Reconectar la luz de una escuela para personas con discapacidad no es un acto de generosidad extraordinaria: es lo mínimo, lo elemental, lo que debió pasar al día siguiente del robo del cableado, no diez años después. Que se celebre como hazaña dice más de la vara con que medimos a nuestras autoridades que del mérito del funcionario en turno.
Así que va el aplauso, medido y con reserva: qué bueno que el CAM ya tiene luz. Ojalá la próxima urgencia no tarde una década en resolverse, y ojalá que, ya encarrerados, alguien revise cuántas otras escuelas del estado siguen esperando su milagro eléctrico. Porque a este ritmo, entre apagón y apagón, hasta la paciencia se descarga.
La historia arranca con actos vandálicos que dejaron destrozos y se llevaron el cableado, presuntamente durante la administración de Samuel Amezola. A partir de ahí, el aula se apagó y nadie encontró el interruptor. La directora del plantel, Astrid García, lo resumió sin adornos: el espacio quedó inutilizable y los directamente perjudicados fueron los alumnos. Pasaron tres administraciones. Tres. Cada una tuvo la oportunidad de resolver algo tan básico como un recibo de la CFE, y cada una prefirió mirar hacia otro lado, que en la oscuridad es más fácil.
Ahora sí, con inversión de 800 mil pesos, el CAM recuperó la electricidad y hasta hubo anuncio de gala: el presidente municipal Job Gallardo informó que los 35 estudiantes recibirán una beca mensual de mil 500 pesos a partir de octubre. Bienvenida la luz y bienvenida la beca; nadie con dos dedos de frente va a criticar que a estos niños les llegue apoyo. El problema no es lo que se hizo, sino lo que costó llegar hasta aquí: una década de omisión convertida, de la noche a la mañana, en foto de logro.
Porque conviene no confundir. Reconectar la luz de una escuela para personas con discapacidad no es un acto de generosidad extraordinaria: es lo mínimo, lo elemental, lo que debió pasar al día siguiente del robo del cableado, no diez años después. Que se celebre como hazaña dice más de la vara con que medimos a nuestras autoridades que del mérito del funcionario en turno.
Así que va el aplauso, medido y con reserva: qué bueno que el CAM ya tiene luz. Ojalá la próxima urgencia no tarde una década en resolverse, y ojalá que, ya encarrerados, alguien revise cuántas otras escuelas del estado siguen esperando su milagro eléctrico. Porque a este ritmo, entre apagón y apagón, hasta la paciencia se descarga.