Universidades del Bienestar: la escuela está lista, faltó avisarle a los alumnos
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Hay proyectos que fracasan por falta de dinero, por falta de tiempo o por mala suerte. Y hay proyectos que logran algo mucho más difícil: construir la escuela, ponerle un nombre patriótico, inaugurarla con banda y aun así olvidar el único ingrediente indispensable, que son los estudiantes.
Según el Segundo Informe de Gobierno, a ocho años de su creación las Universidades para el Bienestar Benito Juárez no lograron ocupar 159 mil 301 lugares de los 243 mil 605 disponibles. Es decir, 65 de cada 100 pupitres están vacíos, mirando la pizarra con esa soledad de salón en domingo. La cifra tiene su propia poesía triste: es más fácil imaginar el eco de esos pasillos que a un alumno corriendo por ellos.
Lo picante del asunto es el contexto. Estamos en un país donde cada ciclo escolar miles de jóvenes hacen fila, presentan examen tras examen y se quedan sin lugar en la universidad que querían, mientras a unos kilómetros hay planteles con dos tercios de sus butacas disponibles y calientitas. No es un problema de demanda educativa —de esa sobra—, es un problema de puntería: se apuntó al aplauso de la inauguración y no al mapa de dónde estaban los estudiantes.
En contraste, la mismísima UNAM anda revisando 66 carreras de baja demanda para reorientarlas, cambiarles nombre o volverlas posgrados, porque cuando un salón se vacía, alguien al menos se hace la pregunta incómoda. En las universidades del bienestar, la respuesta oficial parece ser inaugurar la siguiente.
Quizá el próximo informe podría estrenar un indicador nuevo y valiente: no cuántas escuelas se abrieron, sino cuántos jóvenes efectivamente se sentaron en ellas. Porque un edificio con nombre glorioso y 159 mil sillas vacías no es una universidad: es un monumento muy caro a las buenas intenciones, con estacionamiento amplio y matrícula ausente.
Según el Segundo Informe de Gobierno, a ocho años de su creación las Universidades para el Bienestar Benito Juárez no lograron ocupar 159 mil 301 lugares de los 243 mil 605 disponibles. Es decir, 65 de cada 100 pupitres están vacíos, mirando la pizarra con esa soledad de salón en domingo. La cifra tiene su propia poesía triste: es más fácil imaginar el eco de esos pasillos que a un alumno corriendo por ellos.
Lo picante del asunto es el contexto. Estamos en un país donde cada ciclo escolar miles de jóvenes hacen fila, presentan examen tras examen y se quedan sin lugar en la universidad que querían, mientras a unos kilómetros hay planteles con dos tercios de sus butacas disponibles y calientitas. No es un problema de demanda educativa —de esa sobra—, es un problema de puntería: se apuntó al aplauso de la inauguración y no al mapa de dónde estaban los estudiantes.
En contraste, la mismísima UNAM anda revisando 66 carreras de baja demanda para reorientarlas, cambiarles nombre o volverlas posgrados, porque cuando un salón se vacía, alguien al menos se hace la pregunta incómoda. En las universidades del bienestar, la respuesta oficial parece ser inaugurar la siguiente.
Quizá el próximo informe podría estrenar un indicador nuevo y valiente: no cuántas escuelas se abrieron, sino cuántos jóvenes efectivamente se sentaron en ellas. Porque un edificio con nombre glorioso y 159 mil sillas vacías no es una universidad: es un monumento muy caro a las buenas intenciones, con estacionamiento amplio y matrícula ausente.