El oso que se coló a San Pedro sin invitación (y no venía por el vino de honor)
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En el municipio más caro de México, donde el metro cuadrado cuesta lo que un riñón y medio, esta semana se registró una visita que ninguna caseta de seguridad tenía en la lista: un oso negro entró a una vivienda de la colonia Bosques de San Ángel, sector Palmillas, y mordió a un vecino. El hombre terminó con una herida profunda en el brazo y fue trasladado a un hospital privado -por supuesto, aquí hasta las urgencias tienen alfombra- donde, afortunadamente, se confirmó que sus lesiones no ponen en riesgo su vida.
Hay algo profundamente regiomontano en la escena. Durante años se nos vendió que San Pedro era el búnker perfecto: bardas altas, cámaras, pluma que sube y baja, la tranquilidad comprada al contado. Y resulta que la naturaleza no leyó el reglamento del fraccionamiento. El oso bajó de la sierra, se saltó todos los protocolos de acceso controlado y demostró que ni el código postal más presumido del país está a salvo de un visitante con garras y sin cita.
Hay que decirlo con seriedad, porque el susto fue real y el vecino la pasó mal: la fauna de la Sierra Madre no ataca por maldad, sino porque la ciudad le sigue comiendo el terreno. Cada nuevo desarrollo residencial que trepa por el cerro es un pedazo menos de monte, y los osos, que de bienes raíces no entienden, simplemente siguen bajando a buscar agua y comida donde antes había ladera. El oso no invadió San Pedro; San Pedro lleva rato invadiendo al oso.
Mientras las autoridades ambientales atienden el caso, en la colonia quedará por un tiempo esa mezcla de anécdota y escalofrío: la historia del día en que la vida silvestre tocó la puerta -literalmente- del sector más exclusivo del área metropolitana. Ojalá el desenlace sea proteger al animal y reforzar la prevención, y no convertirlo en villano de una película que empezó cuando le pavimentamos la casa. Por lo pronto, el vecino se recupera, el oso anda por ahí, y todos aprendimos que en Nuevo León hasta los osos aspiran a mejorar de vecindario.
Hay algo profundamente regiomontano en la escena. Durante años se nos vendió que San Pedro era el búnker perfecto: bardas altas, cámaras, pluma que sube y baja, la tranquilidad comprada al contado. Y resulta que la naturaleza no leyó el reglamento del fraccionamiento. El oso bajó de la sierra, se saltó todos los protocolos de acceso controlado y demostró que ni el código postal más presumido del país está a salvo de un visitante con garras y sin cita.
Hay que decirlo con seriedad, porque el susto fue real y el vecino la pasó mal: la fauna de la Sierra Madre no ataca por maldad, sino porque la ciudad le sigue comiendo el terreno. Cada nuevo desarrollo residencial que trepa por el cerro es un pedazo menos de monte, y los osos, que de bienes raíces no entienden, simplemente siguen bajando a buscar agua y comida donde antes había ladera. El oso no invadió San Pedro; San Pedro lleva rato invadiendo al oso.
Mientras las autoridades ambientales atienden el caso, en la colonia quedará por un tiempo esa mezcla de anécdota y escalofrío: la historia del día en que la vida silvestre tocó la puerta -literalmente- del sector más exclusivo del área metropolitana. Ojalá el desenlace sea proteger al animal y reforzar la prevención, y no convertirlo en villano de una película que empezó cuando le pavimentamos la casa. Por lo pronto, el vecino se recupera, el oso anda por ahí, y todos aprendimos que en Nuevo León hasta los osos aspiran a mejorar de vecindario.