Seis años cruzando en balsa: el puente 'provisional' que ya tiene más edad que la tormenta que lo tiró
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Hay palabras que en México cambian de significado en cuanto tocan una obra pública. "Provisional" es la reina de todas. Esta semana, habitantes de comunidades de Cadereyta y Los Ramones por fin recibieron un puente provisional sobre el Río San Juan, y la noticia debería alegrarnos, salvo por un pequeño detalle cronológico: llevaban SEIS años cruzando el río en balsa. Seis. La tormenta Hanna destruyó el puente de Las Alazanas en 2020, y desde entonces la vida cotidiana de estas familias -ir al trabajo, llevar a los niños a la escuela, cargar el mandado- se resolvía a fuerza de remo y buena fe.
Pongámoslo en perspectiva. En seis años, un bebé nace, aprende a caminar, entra a preescolar y ya va en primaria. En estas comunidades, esa generación completa aprendió a nadar antes que a leer, porque la geografía no espera oficios ni presupuestos. Cada temporada de lluvias fue una lotería: si el río crecía, la balsa se detenía, y con ella se detenía todo lo demás.
La alcaldesa lo dijo con la honestidad involuntaria que tanto agradecemos: la estructura es "una solución temporal mientras continúan las gestiones para el puente definitivo". Y ahí está la joya. Porque en el diccionario de la administración pública, "temporal" puede durar lo que duren las ganas, y "gestiones" es esa palabra mágica que se usa para nombrar un trámite que nadie ha visto avanzar pero todos juran que existe. El puente definitivo lleva seis años en estado de promesa, que es el material más resistente del país.
Que quede claro: el puente provisional es una buena noticia y hay que celebrarlo. Pero también es el recordatorio incómodo de que, para llegar hasta aquí, estas familias tuvieron que esperar más de un lustro haciendo malabares sobre el agua. Ojalá el "definitivo" no herede el récord de paciencia del "provisional". Ojalá llegue antes de que otra tormenta con nombre propio venga a recordarnos, otra vez, que el río no negocia y las gestiones sí.
Pongámoslo en perspectiva. En seis años, un bebé nace, aprende a caminar, entra a preescolar y ya va en primaria. En estas comunidades, esa generación completa aprendió a nadar antes que a leer, porque la geografía no espera oficios ni presupuestos. Cada temporada de lluvias fue una lotería: si el río crecía, la balsa se detenía, y con ella se detenía todo lo demás.
La alcaldesa lo dijo con la honestidad involuntaria que tanto agradecemos: la estructura es "una solución temporal mientras continúan las gestiones para el puente definitivo". Y ahí está la joya. Porque en el diccionario de la administración pública, "temporal" puede durar lo que duren las ganas, y "gestiones" es esa palabra mágica que se usa para nombrar un trámite que nadie ha visto avanzar pero todos juran que existe. El puente definitivo lleva seis años en estado de promesa, que es el material más resistente del país.
Que quede claro: el puente provisional es una buena noticia y hay que celebrarlo. Pero también es el recordatorio incómodo de que, para llegar hasta aquí, estas familias tuvieron que esperar más de un lustro haciendo malabares sobre el agua. Ojalá el "definitivo" no herede el récord de paciencia del "provisional". Ojalá llegue antes de que otra tormenta con nombre propio venga a recordarnos, otra vez, que el río no negocia y las gestiones sí.