La moda de este otoño: llegar a criticar la reforma con acordeón bajo el brazo
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Hay accesorios que definen una época. En los ochenta fueron las hombreras; en los noventa, el walkman; en el México reciente, el acordeón. No el de Ramón Ayala, sino ese otro, el de papel doblado, que pasó de ser trampa de secundaria a protagonista de procesos electorales. Y esta semana, la ministra en retiro que alguna vez presidió la Suprema Corte lo elevó a categoría de declaración política al reaparecer, hoja en mano, con una frase para la posteridad: 'Como estoy a la moda, pues traigo mi acordeón, ¿verdad? Hay que adaptarse y ya vengo con acordeón'.
Uno agradece la honestidad. En un país donde todos fingen que improvisan, ella al menos avisó que traía apunte. El problema es lo que decía el apunte: una advertencia sobre los 'focos rojos jurídicos' que, a su juicio, la nueva integración del máximo tribunal representa para el Estado de derecho, las inversiones y el patrimonio de los mexicanos. Es decir, la señora vino a decir que la casa se está cayendo, y para que no se le olvidara ningún detalle de la grieta, trajo su cuadernito.
La ironía es de manual. Toda la crítica al nuevo modelo de elección de jueces, magistrados y ministros por voto popular giró, precisamente, en torno a los famosos acordeones que —se denunció— circularon para orientar el sufragio. Que hoy una de las voces más audibles de esa crítica se pare frente a las cámaras blandiendo el mismísimo símbolo de la sospecha es, según se mire, un golpe de humor negro o una obra de teatro posmoderno donde el atrezo se volvió argumento.
Quedan preguntas existenciales para la provincia que observa desde lejos: ¿el acordeón era de ella o se lo prestaron? ¿traía las respuestas o solo las preguntas? ¿y si a la próxima trae guitarra, cuenta como serenata al Estado de derecho? Porque a este paso, las conferencias de prensa van a necesitar boletos y palomitas. Mientras tanto, el ciudadano de a pie, ese que no tiene acordeón ni Corte que lo represente en la foto, sigue esperando que alguien —con apunte o sin él— le explique en qué quedó todo. La moda pasa; la incertidumbre, por lo visto, es prenda de temporada permanente.
Uno agradece la honestidad. En un país donde todos fingen que improvisan, ella al menos avisó que traía apunte. El problema es lo que decía el apunte: una advertencia sobre los 'focos rojos jurídicos' que, a su juicio, la nueva integración del máximo tribunal representa para el Estado de derecho, las inversiones y el patrimonio de los mexicanos. Es decir, la señora vino a decir que la casa se está cayendo, y para que no se le olvidara ningún detalle de la grieta, trajo su cuadernito.
La ironía es de manual. Toda la crítica al nuevo modelo de elección de jueces, magistrados y ministros por voto popular giró, precisamente, en torno a los famosos acordeones que —se denunció— circularon para orientar el sufragio. Que hoy una de las voces más audibles de esa crítica se pare frente a las cámaras blandiendo el mismísimo símbolo de la sospecha es, según se mire, un golpe de humor negro o una obra de teatro posmoderno donde el atrezo se volvió argumento.
Quedan preguntas existenciales para la provincia que observa desde lejos: ¿el acordeón era de ella o se lo prestaron? ¿traía las respuestas o solo las preguntas? ¿y si a la próxima trae guitarra, cuenta como serenata al Estado de derecho? Porque a este paso, las conferencias de prensa van a necesitar boletos y palomitas. Mientras tanto, el ciudadano de a pie, ese que no tiene acordeón ni Corte que lo represente en la foto, sigue esperando que alguien —con apunte o sin él— le explique en qué quedó todo. La moda pasa; la incertidumbre, por lo visto, es prenda de temporada permanente.