La basura tiene la culpa: crónica de una ciudad que aprendió a nadar
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Hay ciudades que presumen su río; Guadalajara presume el que le sale espontáneamente cada que se nubla. La tormenta del jueves volvió a dejar la postal ya clásica: encharcamientos, vialidades cerradas, hasta 50 centímetros de agua en la Zona Industrial y un camión de la ruta 231 varado con 25 personas a bordo que tuvieron que ser rescatadas por Bomberos, más como náufragos que como pasajeros del transporte público.
Ante el espectáculo acuático, el gobernador salió a defender la infraestructura vial y a señalar al verdadero villano de la película: la basura que arrastran las corrientes y tapa las bocas de tormenta. Es una teoría cómoda, porque reparte la culpa entre millones de tapatíos anónimos y deja a las alcantarillas como víctimas incomprendidas. Según esta lógica, la ciudad no se inunda por falta de mantenimiento ni por el concreto que se tragó cada área verde: se inunda porque somos unos cochinos. Uno casi espera la próxima campaña: “No tires basura o te ahogas, literal”.
Lo mejor es que la solución de fondo ya viene en camino, y es de una ironía perfecta: esta misma semana se avaló el acueducto sustituto Chapala-Guadalajara, obra que —aclaró el propio gobernador— pagará íntegramente el gobierno de Jalisco, sin aportación federal. O sea que vamos a invertir para traer más agua desde Chapala justo en la temporada en que el problema es el agua que ya nos cae encima. Falta el proyecto ejecutivo, la estructura financiera y unos quince días de cuentas, pero la narrativa ya está lista: más agua para una ciudad que, cada verano, no sabe dónde meter la que tiene.
Mientras se define quién pone el dinero y quién pone el drenaje, los verdaderos protagonistas siguen siendo los Bomberos y Protección Civil, que ya perfeccionaron el arte de sacar automovilistas de sus coches convertidos en peceras. Ellos no salen a echar culpas: salen a echar el cuerpo al agua. Quizá el próximo informe debería dedicarles a ellos el aplauso, y a las bolsas de basura, una disculpa pública por haberlas nombrado enemigas del Estado.
Guadalajara no necesita más pretextos; necesita que, cuando pare de llover, alguien recuerde que la ciudad se inundó. Porque aquí la memoria, como el agua, también se va por la coladera.
Ante el espectáculo acuático, el gobernador salió a defender la infraestructura vial y a señalar al verdadero villano de la película: la basura que arrastran las corrientes y tapa las bocas de tormenta. Es una teoría cómoda, porque reparte la culpa entre millones de tapatíos anónimos y deja a las alcantarillas como víctimas incomprendidas. Según esta lógica, la ciudad no se inunda por falta de mantenimiento ni por el concreto que se tragó cada área verde: se inunda porque somos unos cochinos. Uno casi espera la próxima campaña: “No tires basura o te ahogas, literal”.
Lo mejor es que la solución de fondo ya viene en camino, y es de una ironía perfecta: esta misma semana se avaló el acueducto sustituto Chapala-Guadalajara, obra que —aclaró el propio gobernador— pagará íntegramente el gobierno de Jalisco, sin aportación federal. O sea que vamos a invertir para traer más agua desde Chapala justo en la temporada en que el problema es el agua que ya nos cae encima. Falta el proyecto ejecutivo, la estructura financiera y unos quince días de cuentas, pero la narrativa ya está lista: más agua para una ciudad que, cada verano, no sabe dónde meter la que tiene.
Mientras se define quién pone el dinero y quién pone el drenaje, los verdaderos protagonistas siguen siendo los Bomberos y Protección Civil, que ya perfeccionaron el arte de sacar automovilistas de sus coches convertidos en peceras. Ellos no salen a echar culpas: salen a echar el cuerpo al agua. Quizá el próximo informe debería dedicarles a ellos el aplauso, y a las bolsas de basura, una disculpa pública por haberlas nombrado enemigas del Estado.
Guadalajara no necesita más pretextos; necesita que, cuando pare de llover, alguien recuerde que la ciudad se inundó. Porque aquí la memoria, como el agua, también se va por la coladera.