La Soledad hace honor a su nombre: presa vacía y peces de luto
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En Guanajuato capital ocurrió una tragedia con moraleja hidráulica incluida. La presa de La Soledad, uno de los principales vasos que abastecen de agua a la ciudad, registró una fuga de cinco litros por segundo en su tubería principal. El SIMAPAG explicó que la situación estaba contenida en su totalidad, lo cual es rigurosamente cierto: ya no había mucho que contener, porque el agua se había ido casi toda por su cuenta.
Para reparar el desperfecto hubo que vaciar el embalse casi por completo. Y en ese vaciado casi total quedó un damnificado que nadie consultó: los peces, que pasaron de vivir en un vaso estratégico para la ciudad a protagonizar el capítulo más triste del abastecimiento local. Murieron por reparación programada, que debe ser de las formas más burocráticas de irse de este mundo.
La cronología es de manual: la fuga se detectó a mediados de agosto, se reparó a finales del mes y en medio se fue el agua y se fue la fauna. Es el tipo de operativo donde el comunicado dice todo bajo control mientras el paisaje dice otra cosa. Contener una fuga vaciando la presa es como apagar el incendio demoliendo la casa: técnicamente ya no hay fuego.
Entró entonces al cuadro el diputado local panista Romero Hicks, que —detalle nada menor— también aspira a la candidatura por la presidencia municipal de la capital. Exigió información certera sobre el estado de la presa y recordó que un vaso tan importante para la Cuenca de la Soledad y para el agua de la ciudad merece cuidado especial. Difícil llevarle la contraria. Igual de difícil ignorar que un embalse vacío, con reflectores y vecinos preocupados, es el escenario soñado para cualquiera que ande buscando boleto a la boleta.
Así que quedamos igual que la presa: con muchas preguntas y poca reserva. El agua eventualmente regresará, el diputado seguirá pidiendo cuentas y los peces, esos, ya no opinan. En La Soledad todo estaba contenido, menos las consecuencias.
Para reparar el desperfecto hubo que vaciar el embalse casi por completo. Y en ese vaciado casi total quedó un damnificado que nadie consultó: los peces, que pasaron de vivir en un vaso estratégico para la ciudad a protagonizar el capítulo más triste del abastecimiento local. Murieron por reparación programada, que debe ser de las formas más burocráticas de irse de este mundo.
La cronología es de manual: la fuga se detectó a mediados de agosto, se reparó a finales del mes y en medio se fue el agua y se fue la fauna. Es el tipo de operativo donde el comunicado dice todo bajo control mientras el paisaje dice otra cosa. Contener una fuga vaciando la presa es como apagar el incendio demoliendo la casa: técnicamente ya no hay fuego.
Entró entonces al cuadro el diputado local panista Romero Hicks, que —detalle nada menor— también aspira a la candidatura por la presidencia municipal de la capital. Exigió información certera sobre el estado de la presa y recordó que un vaso tan importante para la Cuenca de la Soledad y para el agua de la ciudad merece cuidado especial. Difícil llevarle la contraria. Igual de difícil ignorar que un embalse vacío, con reflectores y vecinos preocupados, es el escenario soñado para cualquiera que ande buscando boleto a la boleta.
Así que quedamos igual que la presa: con muchas preguntas y poca reserva. El agua eventualmente regresará, el diputado seguirá pidiendo cuentas y los peces, esos, ya no opinan. En La Soledad todo estaba contenido, menos las consecuencias.