El día que la inteligencia artificial pidió incapacidad por estrés
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Durante unas horas del jueves, México vivió una tragedia inédita: se cayeron, al mismo tiempo, ChatGPT, Claude, Gemini y Grok. Cuatro inteligencias artificiales, presuntamente las mentes más brillantes del planeta, decidieron pedir incapacidad por estrés el mismo día y a la misma hora. Los usuarios no podían iniciar sesión, subir archivos, usar la función de voz ni recibir respuestas; según Downdetector, los reportes de OpenAI empezaron alrededor de las 8:41 de la mañana y alcanzaron su clímax a las 8:55, con 85% de las quejas apuntando a ChatGPT. En términos humanos: fue un lunes, pero en jueves y para las máquinas.
Lo verdaderamente revelador no fue la falla, sino el pánico. De pronto, miles de oficinistas descubrieron que no sabían redactar un correo sin ayuda, que el resumen del reporte trimestral no se iba a escribir solo y que aquella idea 'brillante' de la junta de las diez dependía de un servidor caído en otro continente. Hubo quien, por primera vez en meses, tuvo que enfrentarse a la pantalla en blanco con sus propios recursos, esa herramienta ancestral y aterradora llamada cerebro.
Nos vendieron que la inteligencia artificial nos haría libres, y quizá sea cierto: nos hizo tan libres que ya nadie recuerda cómo pensar sin ella. El chatbot se convirtió en el becario que todo lo hace, hasta que un día no llega y la oficina entera se da cuenta de que había subcontratado su criterio. Por unas horas, el país volvió a las cavernas digitales, donde la gente tuvo que preguntarle cosas a otra gente y, en casos extremos, buscar en su propia memoria.
Confesemos, con la mano en el teclado, que en esta redacción también sudamos frío. Al final el servicio se restableció y todo volvió a la normalidad, esa normalidad en la que le pedimos a una máquina que piense por nosotros y luego presumimos que trabajamos muchísimo. La moraleja quedó clara: no hay nube más frágil que aquella sobre la que descansa toda tu productividad. Guarden respaldo y, de vez en cuando, un pensamiento propio.
Lo verdaderamente revelador no fue la falla, sino el pánico. De pronto, miles de oficinistas descubrieron que no sabían redactar un correo sin ayuda, que el resumen del reporte trimestral no se iba a escribir solo y que aquella idea 'brillante' de la junta de las diez dependía de un servidor caído en otro continente. Hubo quien, por primera vez en meses, tuvo que enfrentarse a la pantalla en blanco con sus propios recursos, esa herramienta ancestral y aterradora llamada cerebro.
Nos vendieron que la inteligencia artificial nos haría libres, y quizá sea cierto: nos hizo tan libres que ya nadie recuerda cómo pensar sin ella. El chatbot se convirtió en el becario que todo lo hace, hasta que un día no llega y la oficina entera se da cuenta de que había subcontratado su criterio. Por unas horas, el país volvió a las cavernas digitales, donde la gente tuvo que preguntarle cosas a otra gente y, en casos extremos, buscar en su propia memoria.
Confesemos, con la mano en el teclado, que en esta redacción también sudamos frío. Al final el servicio se restableció y todo volvió a la normalidad, esa normalidad en la que le pedimos a una máquina que piense por nosotros y luego presumimos que trabajamos muchísimo. La moraleja quedó clara: no hay nube más frágil que aquella sobre la que descansa toda tu productividad. Guarden respaldo y, de vez en cuando, un pensamiento propio.