El oso que entendió San Pedro mejor que nosotros
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Mientras el resto del área metropolitana pelea por presupuesto y respira aromas de refinería, en San Pedro Garza García un oso decidió que ya estuvo bueno de vivir en el monte cuando abajo hay despensa gratis. El plantígrado lleva días paseándose por las calles del municipio más caro del país y, según el propio alcalde, ya se metió a unas seis o siete viviendas. No entró a una: hizo un tour inmobiliario completo. Ojalá muchos humanos tuvieran ese olfato para las buenas colonias.
La cosa se puso seria cuando atacó a un hombre dentro de una casa, y ahí la autoridad hizo lo que hace la autoridad: pedirle permiso a otra autoridad. Parque y Vida Silvestre solicitó a la Profepa la reubicación del ejemplar, porque —explicaron— el animal perdió el miedo a las personas y ya solo anda buscando comida. En resumen: un oso que dejó de temerle al ser humano y se dedicó a buscar alimento fácil. Descríbanlo sin decir que también describe a media clase política.
Como si un oso fuera poco, el mismo día apareció otro —o el mismo con doble turno— recostado bajo un puente del río La Silla, en Monterrey, presuntamente con estrés por calor y agotamiento. O sea que hasta la fauna anda deshidratada, acalorada y buscando sombra bajo un puente, exactamente el estado emocional de cualquier regio a las tres de la tarde en septiembre. El oso movilizó a las autoridades, sorprendió a paseantes y, con toda dignidad, se echó a descansar a dos metros del cauce. Un ser vivo tomando la decisión más sensata de la jornada.
Digámoslo con cariño: el oso no invadió la ciudad. La ciudad le invadió el cerro hace décadas, le urbanizó el buffet y ahora se escandaliza de que baje a cobrar la renta. Reubicarlo está bien; entender por qué baja, estaría mejor. Pero eso ya requiere estudios, presupuesto y coordinación entre dependencias, tres cosas que en Nuevo León suelen tardar más que un oso en encontrar una alacena abierta. Mientras tanto, vecino: cierre bien el bote de basura. Al parecer, es lo único que de verdad está en nuestras manos.
La cosa se puso seria cuando atacó a un hombre dentro de una casa, y ahí la autoridad hizo lo que hace la autoridad: pedirle permiso a otra autoridad. Parque y Vida Silvestre solicitó a la Profepa la reubicación del ejemplar, porque —explicaron— el animal perdió el miedo a las personas y ya solo anda buscando comida. En resumen: un oso que dejó de temerle al ser humano y se dedicó a buscar alimento fácil. Descríbanlo sin decir que también describe a media clase política.
Como si un oso fuera poco, el mismo día apareció otro —o el mismo con doble turno— recostado bajo un puente del río La Silla, en Monterrey, presuntamente con estrés por calor y agotamiento. O sea que hasta la fauna anda deshidratada, acalorada y buscando sombra bajo un puente, exactamente el estado emocional de cualquier regio a las tres de la tarde en septiembre. El oso movilizó a las autoridades, sorprendió a paseantes y, con toda dignidad, se echó a descansar a dos metros del cauce. Un ser vivo tomando la decisión más sensata de la jornada.
Digámoslo con cariño: el oso no invadió la ciudad. La ciudad le invadió el cerro hace décadas, le urbanizó el buffet y ahora se escandaliza de que baje a cobrar la renta. Reubicarlo está bien; entender por qué baja, estaría mejor. Pero eso ya requiere estudios, presupuesto y coordinación entre dependencias, tres cosas que en Nuevo León suelen tardar más que un oso en encontrar una alacena abierta. Mientras tanto, vecino: cierre bien el bote de basura. Al parecer, es lo único que de verdad está en nuestras manos.