Perfume Cadereyta: eau de gato para toda la familia
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Nuevo León vivió esta semana un episodio digno de crítico de perfumería: la zona metropolitana amaneció envuelta en una fragancia que los vecinos describieron, con precisión poética, como "olor a pipí de gato". No a gas, no a químico, no a azufre: a minino ofendido. Y para descifrar semejante misterio olfativo se convocó a una cumbre que ya quisieran algunos tratados de paz: Pemex, la Semarnat, la ASEA y el INECC, sentados a la misma mesa a olfatear el aire por el bien de la República.
El gobernador fue directo y confirmó lo que cualquier nariz regia ya sospechaba: los indicios apuntan a que las emisiones viajaron con el viento desde la refinería de Cadereyta. Es decir, la investigación de alto nivel llegó a la misma conclusión que una señora tendiendo ropa en el patio. La ciencia, a veces, solo viene a ponerle sello oficial a la obviedad.
Lo memorable fue la frase estelar: si estuviera en sus manos, dijo el mandatario, ya habría clausurado la refinería. Hermosa declaración de intenciones, del tamaño de la impotencia que confiesa. Uno esperaría que un gobernador tuviera algo más que buenos deseos frente a una instalación que perfuma a millones de personas; resulta que también él, como el resto, solo puede olfatear, quejarse y esperar a que la federación conteste el mensaje. Bienvenido al club, señor: aquí abajo llevamos años en esa misma sala de espera, pero sin conferencia de prensa.
Mientras las dependencias "establecen un plan de coordinación estratégica" —tres palabras que juntas suelen significar "nos volveremos a reunir"—, la ASEA inspeccionó la refinería y prometieron identificar las fuentes emisoras. Todo muy técnico, todo muy interinstitucional, todo muy a futuro. Y el ciudadano, en tanto, aplicando el único protocolo ambiental que sí funciona de inmediato: cerrar la ventana y rezar por que cambie el viento.
Que quede el registro para la posteridad: en pleno siglo veintiuno, la gran hazaña ambiental del noreste fue reunir a cuatro siglas federales para concluir que la ciudad huele a gato por culpa de la refinería. Faltó nada más que emitieran un comunicado conjunto, con logotipos, agradeciendo la paciencia de la ciudadanía. Paciencia que, a diferencia del presupuesto y del olor, aquí nunca se agota.
El gobernador fue directo y confirmó lo que cualquier nariz regia ya sospechaba: los indicios apuntan a que las emisiones viajaron con el viento desde la refinería de Cadereyta. Es decir, la investigación de alto nivel llegó a la misma conclusión que una señora tendiendo ropa en el patio. La ciencia, a veces, solo viene a ponerle sello oficial a la obviedad.
Lo memorable fue la frase estelar: si estuviera en sus manos, dijo el mandatario, ya habría clausurado la refinería. Hermosa declaración de intenciones, del tamaño de la impotencia que confiesa. Uno esperaría que un gobernador tuviera algo más que buenos deseos frente a una instalación que perfuma a millones de personas; resulta que también él, como el resto, solo puede olfatear, quejarse y esperar a que la federación conteste el mensaje. Bienvenido al club, señor: aquí abajo llevamos años en esa misma sala de espera, pero sin conferencia de prensa.
Mientras las dependencias "establecen un plan de coordinación estratégica" —tres palabras que juntas suelen significar "nos volveremos a reunir"—, la ASEA inspeccionó la refinería y prometieron identificar las fuentes emisoras. Todo muy técnico, todo muy interinstitucional, todo muy a futuro. Y el ciudadano, en tanto, aplicando el único protocolo ambiental que sí funciona de inmediato: cerrar la ventana y rezar por que cambie el viento.
Que quede el registro para la posteridad: en pleno siglo veintiuno, la gran hazaña ambiental del noreste fue reunir a cuatro siglas federales para concluir que la ciudad huele a gato por culpa de la refinería. Faltó nada más que emitieran un comunicado conjunto, con logotipos, agradeciendo la paciencia de la ciudadanía. Paciencia que, a diferencia del presupuesto y del olor, aquí nunca se agota.