El catálogo nacional según el vecino: tamal, jitomate y una sola firma
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Hay elogios que duelen y hay desprecios que, bien vistos, son un piropo con acento gringo. Desde el Despacho Oval, entre pregunta y pregunta de reporteros, el presidente de Estados Unidos dictaminó que México no tiene nada real que ofrecerle salvo "tamales calientes y tomates", que si dejara de comerciar con nosotros "no perderíamos nada" y que para lograrlo "bastaría una sola firma". Uno se conmueve: pocas veces un vecino nos resume con tanta ternura la carta del restaurante nacional.
Empecemos por el catálogo. Reducir a todo un país a tamales y jitomates es como decir que Francia solo exporta pan y quejas: técnicamente hay algo de verdad, pero se le olvidan un par de renglones. Se le pasó, por ejemplo, el ensamblaje que sostiene a media industria automotriz de su país, o el jitomate mismo, ese que descalifica mientras baña sus hamburguesas en salsa hecha, oh sorpresa, de jitomate. Es la primera vez que alguien insulta un ingrediente y se lo unta al mismo tiempo.
Luego viene la parte contable. El mandatario alega que su economía pierde alrededor de 195 mil millones de dólares al año con nosotros, cifra que enuncia con la seguridad de quien nunca ha revisado de dónde salen las autopartes de su camioneta. Y remata con la fantasía del trámite exprés: "bastaría una sola firma". Ah, la firma mágica, ese superpoder que en su país sirve para todo menos para bajar el precio del súper. Nosotros, que firmamos hasta para recoger un paquete, sabemos que ninguna rúbrica cancela una cadena de suministro sin que a alguien se le vuele el sombrero.
Lo más elegante del asunto es que, tras despreciarnos con lujo de detalle, aclaró que tampoco piensa romper la relación comercial. O sea: no valemos nada, pero mejor no nos suelte. Es el clásico "no me interesas" enviado a las tres de la mañana. Descuide, vecino: aquí seguiremos, humildes, vendiendo esos tamales estratégicos y esos jitomates de nula importancia que, por pura casualidad, tarde o temprano acaban en su plato.
Empecemos por el catálogo. Reducir a todo un país a tamales y jitomates es como decir que Francia solo exporta pan y quejas: técnicamente hay algo de verdad, pero se le olvidan un par de renglones. Se le pasó, por ejemplo, el ensamblaje que sostiene a media industria automotriz de su país, o el jitomate mismo, ese que descalifica mientras baña sus hamburguesas en salsa hecha, oh sorpresa, de jitomate. Es la primera vez que alguien insulta un ingrediente y se lo unta al mismo tiempo.
Luego viene la parte contable. El mandatario alega que su economía pierde alrededor de 195 mil millones de dólares al año con nosotros, cifra que enuncia con la seguridad de quien nunca ha revisado de dónde salen las autopartes de su camioneta. Y remata con la fantasía del trámite exprés: "bastaría una sola firma". Ah, la firma mágica, ese superpoder que en su país sirve para todo menos para bajar el precio del súper. Nosotros, que firmamos hasta para recoger un paquete, sabemos que ninguna rúbrica cancela una cadena de suministro sin que a alguien se le vuele el sombrero.
Lo más elegante del asunto es que, tras despreciarnos con lujo de detalle, aclaró que tampoco piensa romper la relación comercial. O sea: no valemos nada, pero mejor no nos suelte. Es el clásico "no me interesas" enviado a las tres de la mañana. Descuide, vecino: aquí seguiremos, humildes, vendiendo esos tamales estratégicos y esos jitomates de nula importancia que, por pura casualidad, tarde o temprano acaban en su plato.