El barro negro pega la vuelta por el espacio y regresa más digno que muchos trámites
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Mientras el país discute torres, frentes fríos y desaires diplomáticos, dos artesanías se pusieron por encima de todo: literalmente. El barro negro de Oaxaca y la talavera de Puebla fueron enviados a la estratosfera dentro del proyecto ZA DE BELEGUÍ, a bordo de un globo estratosférico no tripulado, para estudiar cómo se comportan estos materiales tradicionales en el llamado espacio cercano. Sí: leyó bien. Antes de que la mayoría de nosotros conozca el mar, una olla de barro ya vio la curvatura de la Tierra.
La misión no es capricho poético. Durante el vuelo, las piezas quedaron expuestas a cambios de temperatura, caída de presión atmosférica, radiación ultravioleta y radiación cósmica secundaria. El objetivo es averiguar si los saberes de siempre —la selección de la materia prima, la cocción, la porosidad, la vitrificación, los acabados— guardan propiedades de estabilidad o resistencia que ni sus creadores sospechaban. En otras palabras: científicos preguntándole al abuelo alfarero si, sin querer, llevaba razón desde hace siglos.
Uno no sabe si reír o emocionarse. Hay algo profundamente nacional en que nuestro primer representante rumbo al borde del cosmos no sea un cohete reluciente, sino una pieza moldeada a mano en un taller de provincia. El barro negro, ese que se vende en tianguis a precio de regalo, sometido a condiciones que derretirían el ánimo de cualquiera, y regresando entero, tranquilo, como quien vuelve de la esquina. Resulta que la resistencia no siempre viene con logo.
Y es que la metáfora se cuenta sola. En un país donde tantas cosas se caen —edificios sin manifestación de construcción, promesas de crecimiento, líneas telefónicas que nadie usó—, la noticia es que lo verdaderamente sólido es lo más humilde. La talavera aguantando radiación cósmica es, sin exagerar, un mejor plan de infraestructura que varias maquetas que hemos visto.
Así que brindemos, con jarrito de barro, por los artesanos y por los científicos que decidieron mandar a lo alto no un discurso sino una prueba. Que el barro negro haya subido, aguantado y bajado dice más de nosotros que cualquier informe. Ojalá algún día tratemos aquí abajo a nuestros oficios con la mitad del respeto que les tuvo la estratosfera.
La misión no es capricho poético. Durante el vuelo, las piezas quedaron expuestas a cambios de temperatura, caída de presión atmosférica, radiación ultravioleta y radiación cósmica secundaria. El objetivo es averiguar si los saberes de siempre —la selección de la materia prima, la cocción, la porosidad, la vitrificación, los acabados— guardan propiedades de estabilidad o resistencia que ni sus creadores sospechaban. En otras palabras: científicos preguntándole al abuelo alfarero si, sin querer, llevaba razón desde hace siglos.
Uno no sabe si reír o emocionarse. Hay algo profundamente nacional en que nuestro primer representante rumbo al borde del cosmos no sea un cohete reluciente, sino una pieza moldeada a mano en un taller de provincia. El barro negro, ese que se vende en tianguis a precio de regalo, sometido a condiciones que derretirían el ánimo de cualquiera, y regresando entero, tranquilo, como quien vuelve de la esquina. Resulta que la resistencia no siempre viene con logo.
Y es que la metáfora se cuenta sola. En un país donde tantas cosas se caen —edificios sin manifestación de construcción, promesas de crecimiento, líneas telefónicas que nadie usó—, la noticia es que lo verdaderamente sólido es lo más humilde. La talavera aguantando radiación cósmica es, sin exagerar, un mejor plan de infraestructura que varias maquetas que hemos visto.
Así que brindemos, con jarrito de barro, por los artesanos y por los científicos que decidieron mandar a lo alto no un discurso sino una prueba. Que el barro negro haya subido, aguantado y bajado dice más de nosotros que cualquier informe. Ojalá algún día tratemos aquí abajo a nuestros oficios con la mitad del respeto que les tuvo la estratosfera.