La SIP nos salva la columna: burlarse del poder también es democracia
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Uno escribe sátira con la calma de quien camina por hielo delgado, así que agradece cuando alguien, de traje y con membrete internacional, recuerda en voz alta que reírse del poder no es delito. Esta semana la Sociedad Interamericana de Prensa se pronunció luego de una denuncia de Morena contra un contenido hecho con inteligencia artificial por TV Azteca, y advirtió sobre el peligro que representa para la libertad de expresión. Su presidente, Pierre Manigault, remató que el caso cuestiona los límites de intervención del INE. Y en otra ocasión, la propia SIP pidió al INE respetar la sátira política, porque la crítica al poder es un componente esencial de una sociedad democrática. Amén, y pásenme el micrófono.
El detalle sabroso es cuál fue el material bajo la lupa: un contenido titulado, con nulo pudor, La Casa de los Mañosos. Es decir, alguien hizo una parodia con nombre de reality y desató una discusión jurídica nacional. Uno no sabe si celebrar la potencia de la sátira o preocuparse por un país donde un chiste bien puesto amerita expediente. Probablemente las dos cosas al mismo tiempo, que es como se vive aquí casi todo.
Hay algo maravillosamente circular en el asunto. La sátira existe justamente para incomodar al poderoso; que el poderoso responda con una queja formal es, en el fondo, la mejor reseña que un satírico puede recibir. Es el aplauso disfrazado de demanda. Nada confirma tanto que un dardo dio en el blanco como ver a la víctima buscando al árbitro.
Y sin embargo, la cosa no es para tomarse a broma del todo. Cuando la respuesta a una parodia es preguntarse hasta dónde puede meter mano una autoridad electoral, el chiste deja de ser el problema y pasa a serlo el reflejo de censura. Por eso conviene subrayar lo que dijeron los adultos de la sala: la democracia sana no se mide por los halagos que tolera, sino por las burlas que aguanta sin llamar a la policía del humor.
Así que, desde esta esquina, gracias a la SIP por el recordatorio. Nosotros seguiremos haciendo lo nuestro: construir sobre los hechos, señalar lo ridículo y confiar en que reírnos del que manda siga siendo, como debe ser, un derecho y no una travesura sancionable. Si alguien se ofende, ya sabe: hay formulario, pero también hay espejo.
El detalle sabroso es cuál fue el material bajo la lupa: un contenido titulado, con nulo pudor, La Casa de los Mañosos. Es decir, alguien hizo una parodia con nombre de reality y desató una discusión jurídica nacional. Uno no sabe si celebrar la potencia de la sátira o preocuparse por un país donde un chiste bien puesto amerita expediente. Probablemente las dos cosas al mismo tiempo, que es como se vive aquí casi todo.
Hay algo maravillosamente circular en el asunto. La sátira existe justamente para incomodar al poderoso; que el poderoso responda con una queja formal es, en el fondo, la mejor reseña que un satírico puede recibir. Es el aplauso disfrazado de demanda. Nada confirma tanto que un dardo dio en el blanco como ver a la víctima buscando al árbitro.
Y sin embargo, la cosa no es para tomarse a broma del todo. Cuando la respuesta a una parodia es preguntarse hasta dónde puede meter mano una autoridad electoral, el chiste deja de ser el problema y pasa a serlo el reflejo de censura. Por eso conviene subrayar lo que dijeron los adultos de la sala: la democracia sana no se mide por los halagos que tolera, sino por las burlas que aguanta sin llamar a la policía del humor.
Así que, desde esta esquina, gracias a la SIP por el recordatorio. Nosotros seguiremos haciendo lo nuestro: construir sobre los hechos, señalar lo ridículo y confiar en que reírnos del que manda siga siendo, como debe ser, un derecho y no una travesura sancionable. Si alguien se ofende, ya sabe: hay formulario, pero también hay espejo.