León halla por fin algo que sí frena: seis topes, cero excusas
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Hay obras públicas que se debaten años en comisiones, se votan, se presupuestan y nunca se ven. Y luego están los topes: aparecieron seis, nuevecitos, sobre el bulevar José María Morelos, y de un día para otro la ciudad descubrió que sí se puede actuar rápido cuando la voluntad —y el cemento— alcanzan. Vecinos y autoridades coinciden en que los reductores de velocidad buscan disminuir percances en una zona con antecedentes de accidentes viales. Noble causa. Lo notable es la eficiencia: ninguna mesa de análisis, ningún panel de especialistas, ningún taller con 200 servidores públicos. Seis topes y a otra cosa.
El tope es, en realidad, la obra pública mexicana en estado puro. Es barato, es visible, es inmediato y produce ese efecto político que tanto se busca: la sensación de que alguien hizo algo. No importa que el conductor maldiga en voz alta cada vez que su amortiguador grita; al final frena, que es justo lo que se pedía. El tope no negocia, no se posterga, no se va a estudio. Donde la diplomacia urbana falla, el lomo de concreto convence en menos de un segundo.
Resulta hasta poético que en una ciudad donde el transporte público pierde usuarios, donde faltan ambulancias y donde las cuentas de tres años esperan auditoría, lo que sí salió a tiempo y completo fueran seis reductores de velocidad. Quizá ahí está la lección de gestión que nadie quiere admitir: los problemas grandes se aplazan porque son caros y complicados; el tope se resuelve porque cabe en una camioneta de volteo.
Que conste el aplauso sincero: si los topes salvan a un peatón en una zona con historial de atropellamientos, bienvenidos sean los seis y que vengan más. Pero uno sueña, ingenuamente, con que la misma decisión, la misma prisa y el mismo presupuesto express se aplicaran a las ambulancias que no llegan o al transporte que se vacía. Porque por ahora León domina un arte muy específico: el de frenar carros. Frenar lo demás —la opacidad, el deterioro, la espera— sigue siendo materia pendiente. Y para eso, lamentablemente, todavía no inventan el tope.
El tope es, en realidad, la obra pública mexicana en estado puro. Es barato, es visible, es inmediato y produce ese efecto político que tanto se busca: la sensación de que alguien hizo algo. No importa que el conductor maldiga en voz alta cada vez que su amortiguador grita; al final frena, que es justo lo que se pedía. El tope no negocia, no se posterga, no se va a estudio. Donde la diplomacia urbana falla, el lomo de concreto convence en menos de un segundo.
Resulta hasta poético que en una ciudad donde el transporte público pierde usuarios, donde faltan ambulancias y donde las cuentas de tres años esperan auditoría, lo que sí salió a tiempo y completo fueran seis reductores de velocidad. Quizá ahí está la lección de gestión que nadie quiere admitir: los problemas grandes se aplazan porque son caros y complicados; el tope se resuelve porque cabe en una camioneta de volteo.
Que conste el aplauso sincero: si los topes salvan a un peatón en una zona con historial de atropellamientos, bienvenidos sean los seis y que vengan más. Pero uno sueña, ingenuamente, con que la misma decisión, la misma prisa y el mismo presupuesto express se aplicaran a las ambulancias que no llegan o al transporte que se vacía. Porque por ahora León domina un arte muy específico: el de frenar carros. Frenar lo demás —la opacidad, el deterioro, la espera— sigue siendo materia pendiente. Y para eso, lamentablemente, todavía no inventan el tope.