La coladera emboscada: cuando el hoyo es más rápido que la grúa
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En la colonia Del Norte, sobre la avenida Guerrero, un automovilista descubrió de la peor manera una de las grandes especialidades urbanas de Monterrey: manejar tranquilo y, de pronto, caer en un registro sin tapa. No fue mala suerte cósmica; según vecinos y trabajadores de la zona, los delincuentes se roban las tapas de los registros para venderlas como chatarra. Es decir, alguien convirtió infraestructura pública en efectivo, y la vía convirtió a un conductor en víctima de una trampa perfectamente evitable.
Hay que reconocer la eficiencia del esquema. En una ciudad donde tantos trámites tardan meses, robar una tapa y monetizarla ocurre en cuestión de minutos. El fierro que debía proteger a los ciudadanos termina financiando a quien se lo lleva, y el hueco que queda opera con horario extendido, sin descanso y sin aviso: una emboscada de fierro fundido esperando pacientemente al próximo distraído.
Lo elegante del asunto es el reparto de responsabilidades. El ladrón se lleva la tapa, el conductor se lleva el susto y el golpe, y la reposición del fierro se lleva su tiempo, que suele medirse en la escala geológica de la burocracia. Mientras tanto, el vecino aprende a manejar como en videojuego, esquivando cráteres que ayer no estaban y que mañana podrían mudarse de esquina.
Detrás del chiste hay una queja legítima: no se trata solo de un bache, sino de un hoyo que alguien destapó a propósito para venderlo por kilo. La ciudad presume obras viales de millones y circuitos nuevos, pero la seguridad más básica —que el suelo esté completo— sigue dependiendo de que nadie se lleve la tapa esta noche. Si algún día encuentran las coladeras desaparecidas, que las repongan pronto; el regio ya tiene suficientes trampas en su día como para además pelear con el pavimento.
Hay que reconocer la eficiencia del esquema. En una ciudad donde tantos trámites tardan meses, robar una tapa y monetizarla ocurre en cuestión de minutos. El fierro que debía proteger a los ciudadanos termina financiando a quien se lo lleva, y el hueco que queda opera con horario extendido, sin descanso y sin aviso: una emboscada de fierro fundido esperando pacientemente al próximo distraído.
Lo elegante del asunto es el reparto de responsabilidades. El ladrón se lleva la tapa, el conductor se lleva el susto y el golpe, y la reposición del fierro se lleva su tiempo, que suele medirse en la escala geológica de la burocracia. Mientras tanto, el vecino aprende a manejar como en videojuego, esquivando cráteres que ayer no estaban y que mañana podrían mudarse de esquina.
Detrás del chiste hay una queja legítima: no se trata solo de un bache, sino de un hoyo que alguien destapó a propósito para venderlo por kilo. La ciudad presume obras viales de millones y circuitos nuevos, pero la seguridad más básica —que el suelo esté completo— sigue dependiendo de que nadie se lleve la tapa esta noche. Si algún día encuentran las coladeras desaparecidas, que las repongan pronto; el regio ya tiene suficientes trampas en su día como para además pelear con el pavimento.