La torre que todo lo ve (y de paso te sube la renta)
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Chihuahua está por estrenar su monumento más ambicioso al ojo que nunca duerme: la Torre Centinela, un rascacielos de la seguridad con 20 niveles, 114 metros de altura, conexión a 13 subcentros y más de nueve mil cámaras repartidas por el estado. Nueve mil. El número da vértigo: es más lente que espectadores tiene un partido de media semana. La promesa es concentrar áreas operativas, de inteligencia y de mando bajo un mismo techo, de modo que, teóricamente, ningún movimiento sospechoso escape a la mirada del sistema.
Y uno aplaude la coordinación, en serio. Pero permítanos la maldad: nueve mil cámaras significan nueve mil oportunidades de que alguien, en algún cuartito con aire acondicionado, te vea salir en pants a comprar tortillas un domingo a las once de la mañana. Bienvenidos a la era en que el peor testigo de tus decisiones de vestuario ya no es el vecino chismoso, sino un servidor con 20 pisos de altura.
Lo mejor, sin embargo, no es la seguridad: es el negocio inmobiliario que nadie vio venir. Las autoridades estatales presumen que la torre ha disparado la plusvalía y reactivado comercios y servicios del Centro Histórico de Juárez. Es decir, descubrimos por accidente un nuevo argumento de venta para bienes raíces en México: olvídese de la escuela cercana, del parque o del transporte; lo que revaloriza su casa es tener un búnker de inteligencia enfrente. "Se vende, excelente ubicación, tres recámaras y vigilancia perpetua incluida". El folleto se escribe solo.
Quedan, claro, las preguntas aburridas que ninguna torre alta responde: quién revisa esas nueve mil cámaras, cuántos ojos humanos hacen falta para no dejarlas de adorno carísimo, y qué pasa cuando el bache de la esquina —ese sí, visible desde el espacio— sigue sin taparse mientras el complejo brilla iluminado de noche como árbol de Navidad. Porque una cosa es ver todo, y otra muy distinta es hacer algo con lo que se ve. La primera cuesta 114 metros de concreto; la segunda, curiosamente, suele salir más cara.
Mientras tanto, sonría: usted ya forma parte del paisaje monitoreado más caro del norte del país. Y si algún día su casa vale más, ya sabe a quién agradecerle: al edificio que lo observa desde veinte pisos, con cariño y en alta definición.
Y uno aplaude la coordinación, en serio. Pero permítanos la maldad: nueve mil cámaras significan nueve mil oportunidades de que alguien, en algún cuartito con aire acondicionado, te vea salir en pants a comprar tortillas un domingo a las once de la mañana. Bienvenidos a la era en que el peor testigo de tus decisiones de vestuario ya no es el vecino chismoso, sino un servidor con 20 pisos de altura.
Lo mejor, sin embargo, no es la seguridad: es el negocio inmobiliario que nadie vio venir. Las autoridades estatales presumen que la torre ha disparado la plusvalía y reactivado comercios y servicios del Centro Histórico de Juárez. Es decir, descubrimos por accidente un nuevo argumento de venta para bienes raíces en México: olvídese de la escuela cercana, del parque o del transporte; lo que revaloriza su casa es tener un búnker de inteligencia enfrente. "Se vende, excelente ubicación, tres recámaras y vigilancia perpetua incluida". El folleto se escribe solo.
Quedan, claro, las preguntas aburridas que ninguna torre alta responde: quién revisa esas nueve mil cámaras, cuántos ojos humanos hacen falta para no dejarlas de adorno carísimo, y qué pasa cuando el bache de la esquina —ese sí, visible desde el espacio— sigue sin taparse mientras el complejo brilla iluminado de noche como árbol de Navidad. Porque una cosa es ver todo, y otra muy distinta es hacer algo con lo que se ve. La primera cuesta 114 metros de concreto; la segunda, curiosamente, suele salir más cara.
Mientras tanto, sonría: usted ya forma parte del paisaje monitoreado más caro del norte del país. Y si algún día su casa vale más, ya sabe a quién agradecerle: al edificio que lo observa desde veinte pisos, con cariño y en alta definición.