El bache se tapa mejor en bikini y con logo de gorras
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Ocurrió en Tecamachalco, Estado de México, pero podría ser el guion de cualquier colonia chihuahuense con un cráter perpetuo en la esquina. Un influencer llegó una mañana a una avenida llena de hoyos, acompañado de dos mujeres en traje de baño, y se puso a tapar baches. ¿Vocación de servicio? No exactamente: el motivo confeso era promocionar su marca de gorras y generar contenido para redes sociales. Cinco personas, celulares en mano, y el asfalto como set de grabación. La obra pública, por fin, encontró su verdadera musa: el algoritmo.
Lo demoledor no es la escena —que ya de por sí merece cuadro—, sino la reacción vecinal. Los automovilistas silbaban en aprobación, y una señora se acercó a darle las gracias "porque por aquí nadie hace nada". Ahí está, en una sola frase, el retrato de tres décadas de gestión municipal en buena parte de México. El día que un ciudadano prefiere agradecerle a un desconocido en shorts que a la dirección de Obras Públicas, algo se rompió, y no fue precisamente la pala.
Porque seamos justos con el muchacho: entregó resultados visibles el mismo día, con presupuesto propio y una estrategia de marketing impecable. ¿Cuántas secretarías de Obras Públicas pueden presumir lo mismo sin antes convocar a una licitación, tres estudios de impacto y un corte de listón con banda de guerra? El influencer no pidió recurso federal, no formó comité, no prometió que "para el año entrante" habría pavimento. Llegó, mezcló, grabó y se fue. Terrorífica eficiencia.
El mensaje incómodo para las autoridades es este: la competencia ya no es el partido de enfrente ni la oposición en el cabildo. La competencia es un veinteañero con celular, una cubeta de mezcla asfáltica y buena luz. Y le está ganando la narrativa. Porque mientras el gobierno mide su trabajo en informes de 200 diapositivas, el creador de contenido lo mide en una sola métrica letal: el bache antes, el bache después.
Que quede el consejo para cualquier alcalde que ande leyendo entre bostezos: si de verdad quiere que le agradezcan el bacheo, no hace falta el bikini ni la marca de gorras. Basta con tapar el bache primero y presumirlo después, en ese orden. Radical, lo sabemos. Casi tan innovador como un influencer con pala.
Lo demoledor no es la escena —que ya de por sí merece cuadro—, sino la reacción vecinal. Los automovilistas silbaban en aprobación, y una señora se acercó a darle las gracias "porque por aquí nadie hace nada". Ahí está, en una sola frase, el retrato de tres décadas de gestión municipal en buena parte de México. El día que un ciudadano prefiere agradecerle a un desconocido en shorts que a la dirección de Obras Públicas, algo se rompió, y no fue precisamente la pala.
Porque seamos justos con el muchacho: entregó resultados visibles el mismo día, con presupuesto propio y una estrategia de marketing impecable. ¿Cuántas secretarías de Obras Públicas pueden presumir lo mismo sin antes convocar a una licitación, tres estudios de impacto y un corte de listón con banda de guerra? El influencer no pidió recurso federal, no formó comité, no prometió que "para el año entrante" habría pavimento. Llegó, mezcló, grabó y se fue. Terrorífica eficiencia.
El mensaje incómodo para las autoridades es este: la competencia ya no es el partido de enfrente ni la oposición en el cabildo. La competencia es un veinteañero con celular, una cubeta de mezcla asfáltica y buena luz. Y le está ganando la narrativa. Porque mientras el gobierno mide su trabajo en informes de 200 diapositivas, el creador de contenido lo mide en una sola métrica letal: el bache antes, el bache después.
Que quede el consejo para cualquier alcalde que ande leyendo entre bostezos: si de verdad quiere que le agradezcan el bacheo, no hace falta el bikini ni la marca de gorras. Basta con tapar el bache primero y presumirlo después, en ese orden. Radical, lo sabemos. Casi tan innovador como un influencer con pala.