“Tamales y tomates”: el catálogo con que el vecino subestimó a su principal socio
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Hay insultos que dicen más del que los lanza que del que los recibe. Esta semana, el presidente de Estados Unidos decidió resumir todo lo que México le ofrece al mundo en un menú de fonda: “tamales picantes, tomates y algunas otras cosas”. Según él, básicamente nada que su país necesite. Uno agradecería la sinceridad si no fuera porque el dato desmiente el discurso con una sonrisa: México es el principal socio comercial de Estados Unidos, por delante de Canadá y de China, y en un solo mes de este año le exportó mercancías por sesenta mil millones de dólares.
Es decir, el vecino asegura que no necesita nada de nosotros mientras nos compra más que a nadie. Es como el comensal que jura que la comida está espantosa y repite tres veces del guisado. Detrás de los “tamales y tomates” viajan autopartes, electrónicos, dispositivos médicos y toda la maquinaria que sostiene a buena parte de su industria; pero reconocerlo arruinaría el efecto dramático del berrinche.
La reacción mexicana fue, quizá, la más elegante posible: no inmutarse. La Presidenta ni se despeinó, y desde el gobierno se dejó correr la idea de que estas declaraciones son fantasías de una mente afecta al espectáculo. En diplomacia, ignorar un ladrido es una forma sofisticada de decir “ya sabemos que necesitas comprarnos, no hace falta que grites”.
Eso sí, hay un giro que da para reflexión: para bajarle al superávit que tanto ofende a Washington, México analiza comprarle más productos a Estados Unidos, sustituyendo a otros mercados. Traducido: el que dice que no necesitamos nada de nosotros terminará vendiéndonos más a nosotros. La soberanía comercial, resulta, a veces se ejerce ajustando la lista del súper para que el vecino gruñón deje de sentirse pobre.
Mientras tanto, los tamales siguen ahí, tan dignos como siempre, sin necesidad de defenderse. Un país que alimenta a medio continente y ensambla lo que el otro presume no tiene por qué ofenderse porque lo reduzcan a un antojito. Al contrario: que sigan creyendo que sólo vendemos tamales. El día que revisen la factura completa, se les va a atragantar.
Es decir, el vecino asegura que no necesita nada de nosotros mientras nos compra más que a nadie. Es como el comensal que jura que la comida está espantosa y repite tres veces del guisado. Detrás de los “tamales y tomates” viajan autopartes, electrónicos, dispositivos médicos y toda la maquinaria que sostiene a buena parte de su industria; pero reconocerlo arruinaría el efecto dramático del berrinche.
La reacción mexicana fue, quizá, la más elegante posible: no inmutarse. La Presidenta ni se despeinó, y desde el gobierno se dejó correr la idea de que estas declaraciones son fantasías de una mente afecta al espectáculo. En diplomacia, ignorar un ladrido es una forma sofisticada de decir “ya sabemos que necesitas comprarnos, no hace falta que grites”.
Eso sí, hay un giro que da para reflexión: para bajarle al superávit que tanto ofende a Washington, México analiza comprarle más productos a Estados Unidos, sustituyendo a otros mercados. Traducido: el que dice que no necesitamos nada de nosotros terminará vendiéndonos más a nosotros. La soberanía comercial, resulta, a veces se ejerce ajustando la lista del súper para que el vecino gruñón deje de sentirse pobre.
Mientras tanto, los tamales siguen ahí, tan dignos como siempre, sin necesidad de defenderse. Un país que alimenta a medio continente y ensambla lo que el otro presume no tiene por qué ofenderse porque lo reduzcan a un antojito. Al contrario: que sigan creyendo que sólo vendemos tamales. El día que revisen la factura completa, se les va a atragantar.