El Plan por la Paz atacará las raíces de la violencia; la violencia, mientras, ataca el centro
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Que nadie diga que en Michoacán falta diagnóstico. Carlos Torres Piña, aspirante a coordinar en el estado la Defensa de la Transformación, salió a defender el Plan Michoacán por la Paz y la Justicia impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum, y lo hizo con una tesis que, en el papel, es irreprochable: la seguridad no se reduce a detener delincuentes, hay que atacar las causas para que niñas, niños y jóvenes no encuentren en el crimen una alternativa de vida. Educación, bienestar, empleo, presencia institucional en el territorio. Firmamos abajo. No hay una sola coma de ese párrafo con la que se pueda estar en desacuerdo.
El problema, como siempre, no es la partitura sino los tiempos. Atacar las raíces es un trabajo de jardinería paciente: se siembra, se riega, se espera a que el árbol dé sombra en unos añitos. Las balas, en cambio, operan con calendario propio y llegan el mismo sábado por la tarde, como se vio esta semana en el propio Centro Histórico de Morelia. Mientras la política pública echa raíz, la violencia ya levantó su cosecha del fin de semana. Y ahí queda el michoacano, entre dos relojes: el de las causas, que corre a mediano plazo, y el de las consecuencias, que corre en motocicleta.
Uno quisiera creer, y de hecho quiere creer, que ambas cosas pueden ocurrir a la vez: que se atiendan las causas Y se contengan los efectos. Nadie en su sano juicio pide que se abandone la prevención para volver al puro operativo espectacular. Pero cuando el discurso de la paz se pronuncia el mismo fin de semana en que la ciudad suma homicidios a pocos metros de una escuela, el contraste se vuelve tan filoso que corta solo. La estrategia promete impedir que los jóvenes vean en el crimen una salida; ojalá alcance a hacerlo antes de que la calle les ofrezca su propia oferta educativa acelerada.
Así que aquí estamos, aplaudiendo las causas y contando las consecuencias. El Plan tiene razón en el fondo y en la teoría; le falta ganarle la carrera al reloj de la crónica roja. Que siembre rápido, que riegue con ganas, que la presencia institucional se note más en la esquina que en el foro. Porque un árbol tarda años en dar sombra, pero el michoacano necesita sombra hoy. Que la paz llegue —y que llegue temprano, no cuando ya no haya quién la disfrute.
El problema, como siempre, no es la partitura sino los tiempos. Atacar las raíces es un trabajo de jardinería paciente: se siembra, se riega, se espera a que el árbol dé sombra en unos añitos. Las balas, en cambio, operan con calendario propio y llegan el mismo sábado por la tarde, como se vio esta semana en el propio Centro Histórico de Morelia. Mientras la política pública echa raíz, la violencia ya levantó su cosecha del fin de semana. Y ahí queda el michoacano, entre dos relojes: el de las causas, que corre a mediano plazo, y el de las consecuencias, que corre en motocicleta.
Uno quisiera creer, y de hecho quiere creer, que ambas cosas pueden ocurrir a la vez: que se atiendan las causas Y se contengan los efectos. Nadie en su sano juicio pide que se abandone la prevención para volver al puro operativo espectacular. Pero cuando el discurso de la paz se pronuncia el mismo fin de semana en que la ciudad suma homicidios a pocos metros de una escuela, el contraste se vuelve tan filoso que corta solo. La estrategia promete impedir que los jóvenes vean en el crimen una salida; ojalá alcance a hacerlo antes de que la calle les ofrezca su propia oferta educativa acelerada.
Así que aquí estamos, aplaudiendo las causas y contando las consecuencias. El Plan tiene razón en el fondo y en la teoría; le falta ganarle la carrera al reloj de la crónica roja. Que siembre rápido, que riegue con ganas, que la presencia institucional se note más en la esquina que en el foro. Porque un árbol tarda años en dar sombra, pero el michoacano necesita sombra hoy. Que la paz llegue —y que llegue temprano, no cuando ya no haya quién la disfrute.