Operativo antipokémon: catorce contra un bicho virtual
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Duerma tranquila, Ciudad de México: la Alameda Central está a salvo. Un grupo de jóvenes que jugaba Pokémon Go denunció haber sido rodeado por catorce elementos, entre policías y trabajadores del Gobierno capitalino, en lo que parece el despliegue de seguridad más contundente que ha visto ese parque en años. Catorce. La misma cantidad de gente que no llega cuando de verdad pasa algo, reunida esta vez para contener a media docena de muchachos deslizando el pulgar sobre una pantalla.
"Ahora es delito jugar", resumieron los aludidos, y es difícil llevarles la contraria. Porque si el operativo se calibra por peligrosidad, uno debe concluir que un adolescente cazando una criatura virtual representa una amenaza equivalente a un comando. Se imagina uno el briefing: "Tenemos una alerta en la Alameda, sujetos armados con celular y powerbank, procedan con extrema precaución, podrían evolucionar".
Lo notable no es que se cuide un espacio público —bendito sea quien lo cuide—, sino la aritmética. Catorce servidores públicos para unos jugadores que, en el peor de los casos, estorbaban tanto como una paloma. En una ciudad donde conseguir que catorce funcionarios coincidan en un mismo punto y a la misma hora es prácticamente un milagro logístico, resulta conmovedor que el prodigio se haya obrado para desalojar entrenadores de bolsillo. Ojalá esa capacidad de convocatoria se contagie a otras urgencias.
Uno querría entender la doctrina. ¿Qué reglamento se violó, exactamente? ¿La caza furtiva de criaturas inexistentes? ¿La portación de nostalgia noventera en vía pública? Porque, de aplicarse con ese rigor, habría que rodear también a los que corren, a los que pasean perro y a las parejas que se dan de besos en las bancas, todos igualmente sospechosos de disfrutar el espacio sin autorización expresa.
Que quede la escena para la posteridad: en el parque más antiguo de América, un cerco de representantes del orden alrededor de unos jóvenes cuyo único delito fue creer que la Alameda era para estar. Un bicho virtual, en algún servidor, sigue prófugo. La ciudad puede dormir.
"Ahora es delito jugar", resumieron los aludidos, y es difícil llevarles la contraria. Porque si el operativo se calibra por peligrosidad, uno debe concluir que un adolescente cazando una criatura virtual representa una amenaza equivalente a un comando. Se imagina uno el briefing: "Tenemos una alerta en la Alameda, sujetos armados con celular y powerbank, procedan con extrema precaución, podrían evolucionar".
Lo notable no es que se cuide un espacio público —bendito sea quien lo cuide—, sino la aritmética. Catorce servidores públicos para unos jugadores que, en el peor de los casos, estorbaban tanto como una paloma. En una ciudad donde conseguir que catorce funcionarios coincidan en un mismo punto y a la misma hora es prácticamente un milagro logístico, resulta conmovedor que el prodigio se haya obrado para desalojar entrenadores de bolsillo. Ojalá esa capacidad de convocatoria se contagie a otras urgencias.
Uno querría entender la doctrina. ¿Qué reglamento se violó, exactamente? ¿La caza furtiva de criaturas inexistentes? ¿La portación de nostalgia noventera en vía pública? Porque, de aplicarse con ese rigor, habría que rodear también a los que corren, a los que pasean perro y a las parejas que se dan de besos en las bancas, todos igualmente sospechosos de disfrutar el espacio sin autorización expresa.
Que quede la escena para la posteridad: en el parque más antiguo de América, un cerco de representantes del orden alrededor de unos jóvenes cuyo único delito fue creer que la Alameda era para estar. Un bicho virtual, en algún servidor, sigue prófugo. La ciudad puede dormir.