Birmex: el abasto nacional colgado de un módem de sala
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Respire hondo, México, y agradezca a la infraestructura: las medicinas del país viajan sobre la misma tecnología con la que su tío ve partidos pirata. Birmex, la empresa pública encargada de distribuir fármacos, admitió que opera su red de comunicaciones con módems caseros —"inseguros e inestables", en sus propias palabras— y por eso lanzó una licitación para conseguir, por fin, un servicio a la altura de su misión. Traducido: durante quién sabe cuánto, el músculo logístico que debe evitar el desabasto de medicamentos dependió del aparatito que uno reinicia a patadas cuando se cae el wifi.
Hay algo casi tierno en la confesión. Uno imagina la sala de control del abasto nacional y ahí, entre parpadeos, un módem doméstico con su lucecita naranja, esa que anuncia que hoy no habrá internet y que, de paso, quizá tampoco haya tratamiento. Se cae la señal, se cae el sistema, y con él la ilusión de que un país puede repartir medicina con la misma estabilidad con la que reparte memes.
Lo grave no es tener módems caseros: cualquiera los tiene. Lo grave es enterarse de que el abasto de fármacos —ese tema por el que se han hecho conferencias, promesas y transformaciones enteras— dependía de un equipo que el propio organismo califica de inseguro. Es como descubrir que el avión en el que vuelas se sostiene con cinta canela: técnicamente vuela, sí, pero preferirías no haberlo sabido a mitad del despegue.
Y ahora la solución, muy institucional: una licitación. Porque en este país nada existe de verdad hasta que se convierte en proceso de contratación. El paciente que espera su medicamento tendrá que aguantar, ya no la fila de la farmacia, sino los tiempos administrativos de conseguirle wifi decente a quien debe surtírselo. Mientras tanto, que nadie apague el módem. Que nadie se recargue en el mueble. Que nadie, por favor, prenda el microondas al mismo tiempo, no vaya a ser que se interrumpa la señal y con ella el tratamiento de medio país.
Birmex promete redes nuevas. Ojalá lleguen antes que la próxima receta. Y ojalá, esta vez, con contraseña.
Hay algo casi tierno en la confesión. Uno imagina la sala de control del abasto nacional y ahí, entre parpadeos, un módem doméstico con su lucecita naranja, esa que anuncia que hoy no habrá internet y que, de paso, quizá tampoco haya tratamiento. Se cae la señal, se cae el sistema, y con él la ilusión de que un país puede repartir medicina con la misma estabilidad con la que reparte memes.
Lo grave no es tener módems caseros: cualquiera los tiene. Lo grave es enterarse de que el abasto de fármacos —ese tema por el que se han hecho conferencias, promesas y transformaciones enteras— dependía de un equipo que el propio organismo califica de inseguro. Es como descubrir que el avión en el que vuelas se sostiene con cinta canela: técnicamente vuela, sí, pero preferirías no haberlo sabido a mitad del despegue.
Y ahora la solución, muy institucional: una licitación. Porque en este país nada existe de verdad hasta que se convierte en proceso de contratación. El paciente que espera su medicamento tendrá que aguantar, ya no la fila de la farmacia, sino los tiempos administrativos de conseguirle wifi decente a quien debe surtírselo. Mientras tanto, que nadie apague el módem. Que nadie se recargue en el mueble. Que nadie, por favor, prenda el microondas al mismo tiempo, no vaya a ser que se interrumpa la señal y con ella el tratamiento de medio país.
Birmex promete redes nuevas. Ojalá lleguen antes que la próxima receta. Y ojalá, esta vez, con contraseña.