En Guachochi la caguama le está ganando al tesgüino y nadie levanta acta
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Hay derrotas que no salen en la nota roja pero duelen igual. En Guachochi, la cerveza está desplazando al tesgüino, la bebida ceremonial rarámuri hecha de maíz fermentado que durante siglos ha acompañado los rituales de la sierra Tarahumara. Lo advierte Hortencia Palma, quien señala que el consumo de alcohol industrial altera la convivencia social y margina prácticas ancestrales. Traducción: el six frío está corriendo al tesgüino de su propia casa, y lo hace sin disparar un solo tiro.
Es, quizá, la conquista más silenciosa de la modernidad. No llegó con caballos ni con cañones: llegó en camioneta, con hielera y promoción de dos por uno. El tesgüino requiere tiempo, maíz, comunidad y una ceremonia que no se apura; la caguama requiere una tapa y un abridor. Y en una época donde todo se quiere instantáneo, hasta la borrachera aspira a la eficiencia. Triste victoria del envase sobre la tradición.
Lo grave no es el gusto —cada quien bebe lo que quiere y lo que le alcanza—, sino lo que se va con la costumbre. El tesgüino no es solo un trago: es tequio, es fiesta comunitaria, es un pretexto ancestral para juntarse y trabajar la tierra entre todos. Cuando se cambia por una lata que se toma solo y se tira a un lado, no solo cambia la bebida: cambia el modo de estar juntos. Y eso no lo repara ninguna brigada.
Uno quisiera proponer soluciones serias —denominación de origen, apoyo a los productores tradicionales, respeto a los rituales de la sierra— y de hecho valdría la pena. Pero conociendo la velocidad con la que en Chihuahua se atienden las causas nobles (véase cualquier bache con domicilio fijo), sospechamos que para cuando llegue el programa de rescate del tesgüino, ya habrá que rescatarlo del museo. Ojalá nos equivoquemos. Mientras tanto, va nuestro brindis simbólico —con tesgüino, faltaba más— por la sierra que todavía resiste, un jarro a la vez, a la invasión de la lata. Salud, y que el maíz dure más que la promoción.
Es, quizá, la conquista más silenciosa de la modernidad. No llegó con caballos ni con cañones: llegó en camioneta, con hielera y promoción de dos por uno. El tesgüino requiere tiempo, maíz, comunidad y una ceremonia que no se apura; la caguama requiere una tapa y un abridor. Y en una época donde todo se quiere instantáneo, hasta la borrachera aspira a la eficiencia. Triste victoria del envase sobre la tradición.
Lo grave no es el gusto —cada quien bebe lo que quiere y lo que le alcanza—, sino lo que se va con la costumbre. El tesgüino no es solo un trago: es tequio, es fiesta comunitaria, es un pretexto ancestral para juntarse y trabajar la tierra entre todos. Cuando se cambia por una lata que se toma solo y se tira a un lado, no solo cambia la bebida: cambia el modo de estar juntos. Y eso no lo repara ninguna brigada.
Uno quisiera proponer soluciones serias —denominación de origen, apoyo a los productores tradicionales, respeto a los rituales de la sierra— y de hecho valdría la pena. Pero conociendo la velocidad con la que en Chihuahua se atienden las causas nobles (véase cualquier bache con domicilio fijo), sospechamos que para cuando llegue el programa de rescate del tesgüino, ya habrá que rescatarlo del museo. Ojalá nos equivoquemos. Mientras tanto, va nuestro brindis simbólico —con tesgüino, faltaba más— por la sierra que todavía resiste, un jarro a la vez, a la invasión de la lata. Salud, y que el maíz dure más que la promoción.