El plan maestro contra los accidentes de moto: primero el hospital, luego la escuela
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Hay estrategias que solo se le ocurren a la burocracia iluminada, y Guanajuato acaba de estrenar una joya del género. Resulta que las salas de urgencias del estado están saturadas de motociclistas accidentados, hasta el punto de que un trabajador de la salud soltó la frase del año: 'nos están trayendo más trabajo innecesario'. Un poema. Un haiku del hartazgo institucional.
Los números acompañan al drama. León, Irapuato, Salamanca y Celaya concentran la mayor cantidad de casos, y atender a cada paciente accidentado cuesta en promedio 25 mil pesos. Es decir, cada distracción sobre dos ruedas equivale a una quincena completa de varias familias, o al presupuesto de una boda modesta con barra libre incluida. El sistema de salud sangra dinero por el mismo lugar por donde entran las camillas.
Ante semejante panorama, Irapuato reveló su as bajo la manga: analiza volver obligatoria la 'Motoescuela' para quienes quieran conducir motocicleta, y hasta plantea mandar al pupitre a los conductores reincidentes en multas antes de devolverles el vehículo. Aplausos. La lógica es impecable siempre que uno no pregunte por el orden de los factores. Primero llenamos los hospitales, generamos la crisis, contabilizamos los 25 mil pesos por cabeza, y entonces —solo entonces— se nos ocurre que a lo mejor convendría enseñar a manejar. Es como comprar el extintor mientras uno ya huele a humo.
Que quede claro: la Motoescuela es buena idea. El problema es el timing, esa costumbre nacional de reaccionar cuando el problema ya sacó credencial de elector. Prevenir es de cobardes; nosotros preferimos el suspenso. Mientras la propuesta se 'analiza' —verbo favorito del municipalismo, primo hermano de 'se va a valorar'—, las motos seguirán circulando sin casco, los hospitales seguirán haciendo horas extra involuntarias, y el contador de los 25 mil pesos seguirá girando como taxímetro en hora pico.
Así que ya sabe, paisano: si va a subirse a la moto este septiembre, póngase casco. No por la ley, que todavía se está 'analizando', sino por solidaridad con ese trabajador de la salud que ya no quiere más trabajo innecesario. Es lo mínimo que uno puede hacer por la patria.
Los números acompañan al drama. León, Irapuato, Salamanca y Celaya concentran la mayor cantidad de casos, y atender a cada paciente accidentado cuesta en promedio 25 mil pesos. Es decir, cada distracción sobre dos ruedas equivale a una quincena completa de varias familias, o al presupuesto de una boda modesta con barra libre incluida. El sistema de salud sangra dinero por el mismo lugar por donde entran las camillas.
Ante semejante panorama, Irapuato reveló su as bajo la manga: analiza volver obligatoria la 'Motoescuela' para quienes quieran conducir motocicleta, y hasta plantea mandar al pupitre a los conductores reincidentes en multas antes de devolverles el vehículo. Aplausos. La lógica es impecable siempre que uno no pregunte por el orden de los factores. Primero llenamos los hospitales, generamos la crisis, contabilizamos los 25 mil pesos por cabeza, y entonces —solo entonces— se nos ocurre que a lo mejor convendría enseñar a manejar. Es como comprar el extintor mientras uno ya huele a humo.
Que quede claro: la Motoescuela es buena idea. El problema es el timing, esa costumbre nacional de reaccionar cuando el problema ya sacó credencial de elector. Prevenir es de cobardes; nosotros preferimos el suspenso. Mientras la propuesta se 'analiza' —verbo favorito del municipalismo, primo hermano de 'se va a valorar'—, las motos seguirán circulando sin casco, los hospitales seguirán haciendo horas extra involuntarias, y el contador de los 25 mil pesos seguirá girando como taxímetro en hora pico.
Así que ya sabe, paisano: si va a subirse a la moto este septiembre, póngase casco. No por la ley, que todavía se está 'analizando', sino por solidaridad con ese trabajador de la salud que ya no quiere más trabajo innecesario. Es lo mínimo que uno puede hacer por la patria.