Jaque Mate Indómito: la escuela donde se enseña a mover peones (y a sacrificarlos por el rey)
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Buenas noticias para el ajedrez michoacano y para la ciencia política, que hoy caminan tomadas de la mano. En Morelia, una diputada local reportó nuevos avances de "La Bigotiza", ese esfuerzo de organización territorial en respaldo al proyecto que encabeza cierto exalcalde de todos conocido. Y como toda gran maquinaria de base necesita un símbolo, esta semana lo encontró: un torneo de ajedrez infantil llamado, sin una gota de ironía aparente, "Jaque Mate Indómito".
Uno lee "organización territorial" y "ajedrez" en el mismo boletín y no sabe si aplaudir la pedagogía o tomar notas para el futuro. Porque hay que decirlo: pocas disciplinas preparan mejor para la política mexicana que este juego. Se aprende a mover peones hacia adelante sin que puedan regresar; a esconder al rey detrás de una muralla de piezas más sacrificables; a enrocar en el momento justo; y a sonreír cuando el rival cree que va ganando. Si a los niños de Morelia les enseñan todo eso a los diez años, para los veinte ya van a poder dirigir un comité estatal con los ojos vendados.
El comunicado presume que la jornada reunió a niñas, niños y jóvenes que "demostraron talento, concentración y capacidad estratégica". Cualidades admirables, sí, aunque uno espera que se queden en el tablero y no las apliquen todavía al reparto de candidaturas. También se habla de "convivencia" y de "generar espacios de participación para las nuevas generaciones", frases hermosas que en el diccionario político suelen traducirse como "ir formando clientela desde la primaria, con calma y buena letra".
Que conste: enseñar ajedrez a los chamacos es de las cosas más sanas que le pueden pasar a un municipio. Ojalá cundiera el ejemplo. El detalle está en el envoltorio: bautizar el torneo con el apellido del movimiento y colgarlo del respaldo a un proyecto electoral es como regalar paletas con el logo pegado; el niño se acuerda del sabor, pero también de la marca. "Indómito", además, es palabra grande para una partida donde el reto máximo es no comerse las piezas.
Mientras el rey siga bien resguardado y los peones avancen disciplinados, La Bigotiza puede dormir tranquila. Y si algún día uno de esos chamacos, ya crecido, decide voltear el tablero y jugar por su cuenta, tampoco habrá de qué asombrarse: le enseñaron a ser indómito. Con todas sus letras.
Uno lee "organización territorial" y "ajedrez" en el mismo boletín y no sabe si aplaudir la pedagogía o tomar notas para el futuro. Porque hay que decirlo: pocas disciplinas preparan mejor para la política mexicana que este juego. Se aprende a mover peones hacia adelante sin que puedan regresar; a esconder al rey detrás de una muralla de piezas más sacrificables; a enrocar en el momento justo; y a sonreír cuando el rival cree que va ganando. Si a los niños de Morelia les enseñan todo eso a los diez años, para los veinte ya van a poder dirigir un comité estatal con los ojos vendados.
El comunicado presume que la jornada reunió a niñas, niños y jóvenes que "demostraron talento, concentración y capacidad estratégica". Cualidades admirables, sí, aunque uno espera que se queden en el tablero y no las apliquen todavía al reparto de candidaturas. También se habla de "convivencia" y de "generar espacios de participación para las nuevas generaciones", frases hermosas que en el diccionario político suelen traducirse como "ir formando clientela desde la primaria, con calma y buena letra".
Que conste: enseñar ajedrez a los chamacos es de las cosas más sanas que le pueden pasar a un municipio. Ojalá cundiera el ejemplo. El detalle está en el envoltorio: bautizar el torneo con el apellido del movimiento y colgarlo del respaldo a un proyecto electoral es como regalar paletas con el logo pegado; el niño se acuerda del sabor, pero también de la marca. "Indómito", además, es palabra grande para una partida donde el reto máximo es no comerse las piezas.
Mientras el rey siga bien resguardado y los peones avancen disciplinados, La Bigotiza puede dormir tranquila. Y si algún día uno de esos chamacos, ya crecido, decide voltear el tablero y jugar por su cuenta, tampoco habrá de qué asombrarse: le enseñaron a ser indómito. Con todas sus letras.