La austeridad republicana estrena palco en Las Vegas
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Hay disciplinas que exigen entrenamiento diario: el maratón, el ajedrez y, según se ve, la austeridad republicana, ese deporte que se predica en conferencia y se rompe en cuanto suena la música. Esta semana el récord lo puso un asesor de gobierno con parentesco de altísimo linaje movimientista, captado junto con su pareja en un concierto de música mexicana dentro de una de las salas más caras y tecnológicas del planeta, allá en Las Vegas.
Antes de que alguien saque el látigo moral: no hay delito en ir a un concierto. Faltaba más. Cada quien gasta su dinero donde quiera y baila donde le alcance. El problema no es la boletera; es la contabilidad simbólica. Cuando el discurso de tu movimiento se construye ladrillo por ladrillo sobre la palabra 'sobriedad', cada escapada al extranjero se vuelve una nota al pie que contradice el titular. Y últimamente las notas al pie se acumulan: viajes, aviones privados, joyas, fines de semana que no caben en el presupuesto de un servidor público promedio.
Uno imagina el manual interno de la austeridad, edición actualizada. Capítulo uno: vivir con lo justo. Capítulo dos: lo justo se define caso por caso. Capítulo tres: si la esfera tiene descuento, es prácticamente un acto de ahorro. La república adelgaza en los discursos y engorda en los itinerarios, y a los ciudadanos nos toca el papel incómodo de contadores morales que llevan la cuenta de las incoherencias ajenas.
En Veracruz, para no aburrirnos, resurgieron además las viejas preguntas sobre el nepotismo y el influyentismo, esas dos palabras que el movimiento juró desterrar y que reaparecen con la puntualidad de un cobrador. ¿No que se había acabado el amiguismo? Al parecer se acabó como se acaban las dietas: los lunes.
Lo entrañable de todo esto es la fe con que se sostiene el guion. Se puede volar a la esfera más cara del mundo y regresar a hablar de humildad sin que se le mueva un músculo del rostro a nadie. Es un talento escénico digno de reconocimiento, casi tan sofisticado como los efectos visuales del concierto. Y mientras el show sigue, el resto viajamos en clase austeridad real: la del Metro que se detiene, la del pesero que sube tarifa y la del taco que, ese sí, nunca nos ha mentido sobre lo que cuesta.
Antes de que alguien saque el látigo moral: no hay delito en ir a un concierto. Faltaba más. Cada quien gasta su dinero donde quiera y baila donde le alcance. El problema no es la boletera; es la contabilidad simbólica. Cuando el discurso de tu movimiento se construye ladrillo por ladrillo sobre la palabra 'sobriedad', cada escapada al extranjero se vuelve una nota al pie que contradice el titular. Y últimamente las notas al pie se acumulan: viajes, aviones privados, joyas, fines de semana que no caben en el presupuesto de un servidor público promedio.
Uno imagina el manual interno de la austeridad, edición actualizada. Capítulo uno: vivir con lo justo. Capítulo dos: lo justo se define caso por caso. Capítulo tres: si la esfera tiene descuento, es prácticamente un acto de ahorro. La república adelgaza en los discursos y engorda en los itinerarios, y a los ciudadanos nos toca el papel incómodo de contadores morales que llevan la cuenta de las incoherencias ajenas.
En Veracruz, para no aburrirnos, resurgieron además las viejas preguntas sobre el nepotismo y el influyentismo, esas dos palabras que el movimiento juró desterrar y que reaparecen con la puntualidad de un cobrador. ¿No que se había acabado el amiguismo? Al parecer se acabó como se acaban las dietas: los lunes.
Lo entrañable de todo esto es la fe con que se sostiene el guion. Se puede volar a la esfera más cara del mundo y regresar a hablar de humildad sin que se le mueva un músculo del rostro a nadie. Es un talento escénico digno de reconocimiento, casi tan sofisticado como los efectos visuales del concierto. Y mientras el show sigue, el resto viajamos en clase austeridad real: la del Metro que se detiene, la del pesero que sube tarifa y la del taco que, ese sí, nunca nos ha mentido sobre lo que cuesta.