La calle de Satélite se remodela sola: cada lluvia la deja como nueva (de rota)
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Existe en la colonia Satélite, sector Acueducto, una calle con un talento sobrenatural: se destruye sola cada vez que llueve. El sábado, las fuertes lluvias que cayeron sobre Monterrey volvieron a dejar severamente afectada la vialidad del cruce de Paseo del Acueducto con Texcoco y Paseo de Santa Anita, el mismo tramo que apenas estaban rehabilitando tras una fuga de agua de agosto. Repare, llueva, rómpase, repita. Es el único proceso en la ciudad que nunca se interrumpe.
Los vecinos ya no saben si tienen una calle o una obra de arte conceptual sobre la fugacidad de las cosas. Diariamente circulan por ahí automovilistas que aprendieron a esquivar el mismo cráter en sus distintas encarnaciones: primero fue fuga, luego reparación, luego lluvia, y ahora otra vez el mismo hoyo, pero con la moral por los suelos y el asfalto también.
Hay algo casi tierno en la insistencia. Alguien pavimentó, alguien firmó el acta de entrega, alguien seguramente hasta se tomó la foto, y bastó un aguacero de septiembre para regresar todo a la casilla de salida. La naturaleza, que en Nuevo León anda muy participativa —tira árboles, desprende bardas, desploma techos—, decidió que esa calle en particular es su lienzo favorito.
Uno entiende que llueva. Uno entiende que una fuga dañe el pavimento. Lo que cuesta más digerir es que la reparación tenga la vida útil de un helado en la Macroplaza a mediodía. Si la obra hubiera aguantado aunque fuera hasta octubre, ya sería un triunfo. Pero no: duró lo que dura la memoria de un funcionario frente a un micrófono.
Los vecinos piden, con toda razón, una solución de fondo. Mientras llega, tendrán que conformarse con la única certeza urbanística que ofrece el sector: que la próxima lluvia volverá, y con ella, su fiel calle rota, puntual como el recibo del agua que sí llega aunque la presa no.
Los vecinos ya no saben si tienen una calle o una obra de arte conceptual sobre la fugacidad de las cosas. Diariamente circulan por ahí automovilistas que aprendieron a esquivar el mismo cráter en sus distintas encarnaciones: primero fue fuga, luego reparación, luego lluvia, y ahora otra vez el mismo hoyo, pero con la moral por los suelos y el asfalto también.
Hay algo casi tierno en la insistencia. Alguien pavimentó, alguien firmó el acta de entrega, alguien seguramente hasta se tomó la foto, y bastó un aguacero de septiembre para regresar todo a la casilla de salida. La naturaleza, que en Nuevo León anda muy participativa —tira árboles, desprende bardas, desploma techos—, decidió que esa calle en particular es su lienzo favorito.
Uno entiende que llueva. Uno entiende que una fuga dañe el pavimento. Lo que cuesta más digerir es que la reparación tenga la vida útil de un helado en la Macroplaza a mediodía. Si la obra hubiera aguantado aunque fuera hasta octubre, ya sería un triunfo. Pero no: duró lo que dura la memoria de un funcionario frente a un micrófono.
Los vecinos piden, con toda razón, una solución de fondo. Mientras llega, tendrán que conformarse con la única certeza urbanística que ofrece el sector: que la próxima lluvia volverá, y con ella, su fiel calle rota, puntual como el recibo del agua que sí llega aunque la presa no.