Jiménez y López: campeones regionales del gas caro, categoría sin trofeo
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Hay podios que nadie quiere subir. Jiménez y López acaban de ganar uno: la próxima semana pagarán el gas LP más caro de la región sur del estado, con precios fijados en 20.13 pesos por kilogramo y 10.87 por litro, superando a plazas tan competidas como Parral y Camargo. Un logro que ninguna administración presumirá en su informe de gobierno, porque hay medallas que mejor se dejan en el cajón.
Lo maravilloso del gas doméstico es su democracia inversa: no distingue ideología, no revisa credencial de elector, no le importa si usted apoya el frente opositor o va en solitario. Llega la pipa, llega el precio, y con él la aritmética doméstica de siempre: se calienta el agua o se calienta la comida, pero rara vez ambas con holgura. El monzón trae lluvias y frescor; la Comisión Nacional de Energía trae la tarifa que devuelve el calor... a la discusión familiar.
En un mes donde todo se anuncia con bombo —operativos, informes, ferias de empleo, inauguraciones de ciudades judiciales—, resulta que el dato que de verdad reordena el presupuesto de una casa entra sin ceremonia, sin corte de listón y sin fotografía aérea. Nadie convoca rueda de prensa para explicar por qué en Jiménez el kilo cuesta lo que cuesta; simplemente amanece más caro y uno se entera como se entera de casi todo: cuando ya no hay vuelta atrás.
Que conste que el precio lo fija la autoridad energética y no el vecino ni el repartidor, a quienes conviene no reclamarles: bastante hacen con cargar el cilindro por escaleras. Pero mientras la región presume golpes al crimen y defensa del territorio, quizá valga la pena recordar que la batalla que la mayoría pelea todos los días es más modesta y más terca: que alcance para llenar el tanque. Ahí sí, con perdón, manda el recibo.
Lo maravilloso del gas doméstico es su democracia inversa: no distingue ideología, no revisa credencial de elector, no le importa si usted apoya el frente opositor o va en solitario. Llega la pipa, llega el precio, y con él la aritmética doméstica de siempre: se calienta el agua o se calienta la comida, pero rara vez ambas con holgura. El monzón trae lluvias y frescor; la Comisión Nacional de Energía trae la tarifa que devuelve el calor... a la discusión familiar.
En un mes donde todo se anuncia con bombo —operativos, informes, ferias de empleo, inauguraciones de ciudades judiciales—, resulta que el dato que de verdad reordena el presupuesto de una casa entra sin ceremonia, sin corte de listón y sin fotografía aérea. Nadie convoca rueda de prensa para explicar por qué en Jiménez el kilo cuesta lo que cuesta; simplemente amanece más caro y uno se entera como se entera de casi todo: cuando ya no hay vuelta atrás.
Que conste que el precio lo fija la autoridad energética y no el vecino ni el repartidor, a quienes conviene no reclamarles: bastante hacen con cargar el cilindro por escaleras. Pero mientras la región presume golpes al crimen y defensa del territorio, quizá valga la pena recordar que la batalla que la mayoría pelea todos los días es más modesta y más terca: que alcance para llenar el tanque. Ahí sí, con perdón, manda el recibo.