El Cochino de la Semana tiene ganador: la propia pipa del agua
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Existe una justicia poética tan perfecta que ni escribiéndola a propósito saldría mejor. En Ciudad Juárez, el programa de denuncia ciudadana "El Cochino de la Semana" cumplió su misión con un protagonista de lujo: una pipa de la Junta Municipal de Agua y Saneamiento, sorprendida por vecinos descargando aguas negras directamente sobre un terreno natural, a un costado de una escuela primaria. Es decir, la institución encargada del agua limpia haciendo demostración práctica de su reverso.
Uno esperaría que el ganador de un concurso de guarros fuera un particular descuidado, un taller clandestino, cualquier villano anónimo. Pero no: el trofeo se lo llevó la casa. La dependencia que cobra por sanear terminó exhibida saneando al revés, y encima cerca de niños, que fue lo que encendió las alertas sanitarias del sector. Si esto fuera examen, sería reprobar la materia que uno mismo imparte.
El director de Limpia informó que las fotografías enviadas por la ciudadanía permitieron a los inspectores intervenir de inmediato en el predio. Loable la rapidez, sí, pero conviene subrayar el fondo: el mecanismo de fiscalización ambiental más eficaz del municipio no es un sensor, ni un reglamento, ni una patrulla verde. Es un vecino molesto con teléfono. El día que le paguen sueldo a ese vecino, la ciudad funciona.
Lo tranquilizador es que, casi en paralelo, la propia Junta reportó labores de bacheo y rehabilitación en otra colonia donde antes hubo brotes de aguas residuales, y presumió miles de reportes de alcantarillado atendidos en el año. O sea que la institución sabe perfectamente reparar el desastre; el reto pendiente es no ser, de vez en cuando, quien lo provoca. Mientras tanto, la moraleja queda flotando —ojalá solo la moraleja—: cuando el vigilante del agua reprueba higiene, el que califica es el barrio.
Uno esperaría que el ganador de un concurso de guarros fuera un particular descuidado, un taller clandestino, cualquier villano anónimo. Pero no: el trofeo se lo llevó la casa. La dependencia que cobra por sanear terminó exhibida saneando al revés, y encima cerca de niños, que fue lo que encendió las alertas sanitarias del sector. Si esto fuera examen, sería reprobar la materia que uno mismo imparte.
El director de Limpia informó que las fotografías enviadas por la ciudadanía permitieron a los inspectores intervenir de inmediato en el predio. Loable la rapidez, sí, pero conviene subrayar el fondo: el mecanismo de fiscalización ambiental más eficaz del municipio no es un sensor, ni un reglamento, ni una patrulla verde. Es un vecino molesto con teléfono. El día que le paguen sueldo a ese vecino, la ciudad funciona.
Lo tranquilizador es que, casi en paralelo, la propia Junta reportó labores de bacheo y rehabilitación en otra colonia donde antes hubo brotes de aguas residuales, y presumió miles de reportes de alcantarillado atendidos en el año. O sea que la institución sabe perfectamente reparar el desastre; el reto pendiente es no ser, de vez en cuando, quien lo provoca. Mientras tanto, la moraleja queda flotando —ojalá solo la moraleja—: cuando el vigilante del agua reprueba higiene, el que califica es el barrio.