El adiós más largo: Soto descubre que la puerta ya tenía otra cerradura
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Pocas cosas más dolorosas que descubrir, después de años, que la casa a la que llegabas todos los días tenía las cerraduras cambiadas. Eso, más o menos, fue lo que anunció el alcalde de Zamora, Carlos Soto, al declarar su ruptura «firme y definitiva» con el PAN y acusar a la dirigencia estatal de operar como una «mafia política», un grupo cerrado que —según él— responde a los intereses de unos cuantos.
Soto asegura que buscó diálogo durante meses y que recibió a cambio ataques y campañas de desprestigio. Es la clásica secuencia del duelo político: primero la negación («es un malentendido»), luego el enojo («son una mafia»), y finalmente la aceptación con conferencia de prensa. Lo que no hubo, por lo visto, fue la etapa de la sorpresa, porque nadie que haya pisado una dirigencia partidista puede fingir asombro al descubrir que ahí adentro se reparten cartas bajo la mesa.
El giro elegante llega al final: el alcalde seguirá «al frente de su proyecto». Traducción del catálogo de rupturas mexicanas: me llevo el cargo, me llevo la estructura, me llevo a la gente que me sigue, y les dejo a ustedes las siglas y la factura del membrete. Un divorcio en el que uno se queda con la casa y el otro con el logotipo.
No juzguemos el fondo: puede que la dirigencia estatal sea exactamente el nido de intereses que Soto describe, o puede que se trate de la típica pelea por quién controla la despensa rumbo a 2027. Desde afuera, para el zamorano de a pie, la diferencia es académica. Lo concreto es que un municipio vuelve a quedar de rehén de una riña de siglas, mientras el bache, la extorsión y el recibo de la luz siguen sin militar en ningún partido.
Bienvenido a la soltería política, alcalde. Se está bien un rato… hasta que toca salir a buscar nuevas siglas para las de 2027.
Soto asegura que buscó diálogo durante meses y que recibió a cambio ataques y campañas de desprestigio. Es la clásica secuencia del duelo político: primero la negación («es un malentendido»), luego el enojo («son una mafia»), y finalmente la aceptación con conferencia de prensa. Lo que no hubo, por lo visto, fue la etapa de la sorpresa, porque nadie que haya pisado una dirigencia partidista puede fingir asombro al descubrir que ahí adentro se reparten cartas bajo la mesa.
El giro elegante llega al final: el alcalde seguirá «al frente de su proyecto». Traducción del catálogo de rupturas mexicanas: me llevo el cargo, me llevo la estructura, me llevo a la gente que me sigue, y les dejo a ustedes las siglas y la factura del membrete. Un divorcio en el que uno se queda con la casa y el otro con el logotipo.
No juzguemos el fondo: puede que la dirigencia estatal sea exactamente el nido de intereses que Soto describe, o puede que se trate de la típica pelea por quién controla la despensa rumbo a 2027. Desde afuera, para el zamorano de a pie, la diferencia es académica. Lo concreto es que un municipio vuelve a quedar de rehén de una riña de siglas, mientras el bache, la extorsión y el recibo de la luz siguen sin militar en ningún partido.
Bienvenido a la soltería política, alcalde. Se está bien un rato… hasta que toca salir a buscar nuevas siglas para las de 2027.