Fobaproa: la única deuda con garantía de por vida
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Hay deudas que se pagan y deudas que se heredan; el Fobaproa pertenece a una tercera categoría, más noble: las que nos acompañan hasta la muerte. Casi tres décadas después de aquel rescate bancario, la presidenta anunció que Hacienda preparará un estudio para explicar por qué seguimos pagándolo, con una conclusión que ya soltó de antemano: la deuda "nunca se va a acabar de pagar".
Agradezcamos la sinceridad. Pocas veces un gobierno reconoce que administra un pasivo diseñado para la eternidad. Según las cifras oficiales, los pasivos del instituto que lo administra rondan el billón de pesos y, lejos de bajar, engordan mes con mes gracias al refinanciamiento, ese arte de pagar una tarjeta con otra tarjeta y sentirse responsable.
El esquema es fácil de entender si uno lo compara con una suscripción: cubrimos una parte de los intereses, refinanciamos el resto y renovamos automáticamente cada año sin que nadie recuerde haberse suscrito. La letra chica la firmaron en los noventa; los cargos siguen llegando puntuales y el botón de cancelar, según la propia proyección, no aparecerá ni rumbo a 2050.
Lo entrañable es la promesa de una conferencia especial para explicarnos cómo se diseñó, cómo evolucionó y por qué difícilmente se liquidará. Es decir, nos van a sentar a explicarnos con detalle por qué la cuenta no tiene fin. Uno esperaría un plan para saldarla; en cambio recibiremos una clase magistral sobre su inmortalidad, ilustrada con gráficas que, si seguimos como en PISA, tampoco vamos a poder leer.
Quede el consuelo filosófico: en un país donde tantas cosas se prometen y no llegan, el Fobaproa es de lo poco confiable. Ahí está, fiel, cobrando. La única deuda que jamás nos va a fallar.
Agradezcamos la sinceridad. Pocas veces un gobierno reconoce que administra un pasivo diseñado para la eternidad. Según las cifras oficiales, los pasivos del instituto que lo administra rondan el billón de pesos y, lejos de bajar, engordan mes con mes gracias al refinanciamiento, ese arte de pagar una tarjeta con otra tarjeta y sentirse responsable.
El esquema es fácil de entender si uno lo compara con una suscripción: cubrimos una parte de los intereses, refinanciamos el resto y renovamos automáticamente cada año sin que nadie recuerde haberse suscrito. La letra chica la firmaron en los noventa; los cargos siguen llegando puntuales y el botón de cancelar, según la propia proyección, no aparecerá ni rumbo a 2050.
Lo entrañable es la promesa de una conferencia especial para explicarnos cómo se diseñó, cómo evolucionó y por qué difícilmente se liquidará. Es decir, nos van a sentar a explicarnos con detalle por qué la cuenta no tiene fin. Uno esperaría un plan para saldarla; en cambio recibiremos una clase magistral sobre su inmortalidad, ilustrada con gráficas que, si seguimos como en PISA, tampoco vamos a poder leer.
Quede el consuelo filosófico: en un país donde tantas cosas se prometen y no llegan, el Fobaproa es de lo poco confiable. Ahí está, fiel, cobrando. La única deuda que jamás nos va a fallar.