Temporada de informes: el único examen de Jalisco donde todos sacan diez
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Septiembre trajo las lluvias, los chiles en nogada y el género literario favorito de la clase política: el informe de gobierno, esa ceremonia donde el funcionario se evalúa solito y —oh, sorpresa— aprueba con honores. Tlajomulco inauguró la pasarela. Al segundo informe del alcalde llegó la plana mayor naranja en pleno: gobernador, fundador histórico del movimiento y dirigente nacional, por si a alguien le quedaba duda de que el edil juega en primera división, con porra incluida. Se presumieron más de dos mil millones de pesos en inversión, plan de vivienda, obras y programas sociales. Aplausos. Nadie, en el templete, preguntó por qué con tanto músculo al municipio le sigue faltando lo de siempre.
En Zapopan, el alcalde cumplió un lustro en el cargo y soltó su máxima: "el mejor programa social es el empleo". Suena bien en el escenario. Suena distinto cuando, en el mismo salón, regidores de oposición contrastan las inversiones millonarias con las colonias populares donde el mejor programa social seguiría siendo, modestamente, que llegue el agua y pase la patrulla. Pero el informe no es el lugar de las preguntas incómodas: es el lugar de las diapositivas.
El Salto se sumó a la fiesta presumiendo más de sesenta obras, patrullas y apoyos. Todos los municipios, por una curiosa casualidad estadística, van requetebién. Y es notable: el mismo estado que acaba de enterarse por la prueba PISA de que a sus niños les cuesta dividir produce, cada septiembre, gobernantes que dominan a la perfección una sola operación matemática: la suma de logros propios y la resta de todo lo demás.
Lo hermoso del informe como género es su final feliz garantizado. No hay sustentante reprobado, no hay tercio de materias, no hay extraordinario. Se llega, se lee, se aplaude y se corta el pastel. Si PISA evaluara informes de gobierno en lugar de comprensión lectora, México sería primer lugar de la OCDE y Jalisco subiría al podio con porra, confeti y banda. Mientras tanto, el ciudadano —ese sustentante silencioso— reprueba en casa, sin micrófono y sin diapositivas, la única materia que nadie le informa: la vida diaria.
En Zapopan, el alcalde cumplió un lustro en el cargo y soltó su máxima: "el mejor programa social es el empleo". Suena bien en el escenario. Suena distinto cuando, en el mismo salón, regidores de oposición contrastan las inversiones millonarias con las colonias populares donde el mejor programa social seguiría siendo, modestamente, que llegue el agua y pase la patrulla. Pero el informe no es el lugar de las preguntas incómodas: es el lugar de las diapositivas.
El Salto se sumó a la fiesta presumiendo más de sesenta obras, patrullas y apoyos. Todos los municipios, por una curiosa casualidad estadística, van requetebién. Y es notable: el mismo estado que acaba de enterarse por la prueba PISA de que a sus niños les cuesta dividir produce, cada septiembre, gobernantes que dominan a la perfección una sola operación matemática: la suma de logros propios y la resta de todo lo demás.
Lo hermoso del informe como género es su final feliz garantizado. No hay sustentante reprobado, no hay tercio de materias, no hay extraordinario. Se llega, se lee, se aplaude y se corta el pastel. Si PISA evaluara informes de gobierno en lugar de comprensión lectora, México sería primer lugar de la OCDE y Jalisco subiría al podio con porra, confeti y banda. Mientras tanto, el ciudadano —ese sustentante silencioso— reprueba en casa, sin micrófono y sin diapositivas, la única materia que nadie le informa: la vida diaria.