Tonalá abre un hoyo de ocho metros y por fin tenemos agua: en plena calle
Tamaño de letra
Hay una paradoja que solo se entiende viviendo aquí: en Jalisco nos pasamos el año pidiendo agua y, cuando por fin llega, se la traga la banqueta. Las lluvias recientes abrieron en una avenida de Tonalá un socavón de casi cincuenta metros de largo y más de ocho de profundidad —hondura suficiente para sepultar un edificio de dos pisos y las promesas de tres administraciones—. La causa, según el propio presidente municipal, es un colector de casi treinta años que por fin decidió jubilarse sin avisar. La reparación, calculan, tardará de tres a cuatro semanas; el tiempo exacto que tarda la ciudad en acostumbrarse al nuevo accidente geográfico y ponerle apodo.
Como si el guion necesitara más drama, el mismo temporal dejó a dieciséis personas atrapadas por un deslave en la Barranca de Colimilla, en la zona de Las Pilitas. El rescate fue un éxito —drones, recorridos a pie, final feliz—, y eso hay que celebrarlo sin ironías: esa parte salió bien. La ironía llega después, cuando uno recuerda que en la misma semana los señores del agua nos explican que no hay recursos para el acueducto que debería surtirnos.
Es el gran misterio hidráulico jalisciense: no hay agua para la llave, pero sobra para abrir cráteres, inundar colonias y correr barrancas. El líquido existe; simplemente prefiere entrar por donde no debe. Mientras tanto, la infraestructura envejece a ritmo de colector sesentero y la estrategia oficial sigue siendo la de siempre: esperar la lluvia, lamentar la lluvia y prometer que el próximo año —ahora sí— habrá un plan. El detalle es que el plan también tiene casi treinta años.
Así que extreme precauciones al circular por la zona, baje la velocidad y, si puede, aprenda a nadar. En Tonalá, el bache ya dejó de ser bache: es patrimonio. Y el agua, fiel a su costumbre tapatía, solo aparece con puntualidad cuando nadie la invitó.
Como si el guion necesitara más drama, el mismo temporal dejó a dieciséis personas atrapadas por un deslave en la Barranca de Colimilla, en la zona de Las Pilitas. El rescate fue un éxito —drones, recorridos a pie, final feliz—, y eso hay que celebrarlo sin ironías: esa parte salió bien. La ironía llega después, cuando uno recuerda que en la misma semana los señores del agua nos explican que no hay recursos para el acueducto que debería surtirnos.
Es el gran misterio hidráulico jalisciense: no hay agua para la llave, pero sobra para abrir cráteres, inundar colonias y correr barrancas. El líquido existe; simplemente prefiere entrar por donde no debe. Mientras tanto, la infraestructura envejece a ritmo de colector sesentero y la estrategia oficial sigue siendo la de siempre: esperar la lluvia, lamentar la lluvia y prometer que el próximo año —ahora sí— habrá un plan. El detalle es que el plan también tiene casi treinta años.
Así que extreme precauciones al circular por la zona, baje la velocidad y, si puede, aprenda a nadar. En Tonalá, el bache ya dejó de ser bache: es patrimonio. Y el agua, fiel a su costumbre tapatía, solo aparece con puntualidad cuando nadie la invitó.