Chucky, el olfato que la ciudad no sabía que necesitaba
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Entre tanto funcionario que promete y tanta corporación que investiga, esta semana el héroe de Guanajuato tuvo cuatro patas y un nombre que asusta: "Chucky", oficial canino de la Unidad K9 de las Fuerzas de Seguridad Pública del Estado. En una revisión preventiva dentro de una empresa de paquetería de Salamanca, el can hizo lo que hace mejor que nadie: olfatear. Marcó 14 paquetes que estaban listos para su envío y, al abrirlos, aparecieron 330 vapeadores, 42 rellenadores de nicotina de 100 mililitros cada uno y 21 vapeadores con aparente contenido de mariguana. Todo en una mañana. Sin conferencia de prensa, sin pliego petitorio, sin mesa de trabajo.
Uno no sabe si aplaudir al perro o preguntarse cómo es que 330 vapeadores viajaban tan campantes por mensajería hasta que llegó un hocico con vocación de servicio. Porque el mérito de Chucky, además de impecable, es revelador: si un binomio canino destapa esto en una sola inspección, la pregunta incómoda es cuántos paquetes cruzan sin que nadie los huela. El olfato del perro es excelente; lo que queda en entredicho es el del sistema.
Hay algo entrañable y un poco triste en que el empleado del mes sea, literalmente, un empleado que trabaja por croquetas. Chucky no pide reelección, no formó fila en ningún partido, no aspira a dirigir Servicios Básicos ni a defender la Patria, la Familia y la Libertad. Solo quiere su premio, su pelota y una caricia. Si tan solo esa ética laboral se contagiara de la perrera a las oficinas, Guanajuato sería otro.
Así que desde aquí proponemos lo obvio: condecoración oficial, ración doble y, por qué no, una estatua en la plaza, que para eso del bronce siempre hay presupuesto. Chucky se lo ganó con la nariz, que en estos tiempos es más de lo que muchos ponen con todo el cuerpo. Que no le quiten la placa, que no lo manden a un escritorio, y sobre todo que no lo asciendan: en cuanto lo hagan director de algo, dejará de trabajar y empezará a dar declaraciones. Por ahora, sigue siendo el único elemento de la dependencia que huele los problemas antes de que estallen y, además, mueve la cola cuando cumple. Un ejemplo. De cuatro patas, pero ejemplo.
Uno no sabe si aplaudir al perro o preguntarse cómo es que 330 vapeadores viajaban tan campantes por mensajería hasta que llegó un hocico con vocación de servicio. Porque el mérito de Chucky, además de impecable, es revelador: si un binomio canino destapa esto en una sola inspección, la pregunta incómoda es cuántos paquetes cruzan sin que nadie los huela. El olfato del perro es excelente; lo que queda en entredicho es el del sistema.
Hay algo entrañable y un poco triste en que el empleado del mes sea, literalmente, un empleado que trabaja por croquetas. Chucky no pide reelección, no formó fila en ningún partido, no aspira a dirigir Servicios Básicos ni a defender la Patria, la Familia y la Libertad. Solo quiere su premio, su pelota y una caricia. Si tan solo esa ética laboral se contagiara de la perrera a las oficinas, Guanajuato sería otro.
Así que desde aquí proponemos lo obvio: condecoración oficial, ración doble y, por qué no, una estatua en la plaza, que para eso del bronce siempre hay presupuesto. Chucky se lo ganó con la nariz, que en estos tiempos es más de lo que muchos ponen con todo el cuerpo. Que no le quiten la placa, que no lo manden a un escritorio, y sobre todo que no lo asciendan: en cuanto lo hagan director de algo, dejará de trabajar y empezará a dar declaraciones. Por ahora, sigue siendo el único elemento de la dependencia que huele los problemas antes de que estallen y, además, mueve la cola cuando cumple. Un ejemplo. De cuatro patas, pero ejemplo.