"Con recursos propios": el arte de presumir como logro lo que ya era la chamba
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La presidencia municipal de Salvador Escalante presentó, entre los resultados de su segundo año de gobierno, dos hazañas que conviene analizar con lupa antes de aplaudir de pie. La primera: la adquisición de una ambulancia "con recursos propios" para atender emergencias. La segunda: la inauguración de una nueva techumbre en la primaria Benito Juárez de la comunidad de Iricuaro. Hasta aquí, todo suena a buen gobierno. El detalle está en la letra chica, que en política siempre es donde vive la comedia.
Empecemos por la ambulancia. Que un municipio compre una ambulancia con recursos del propio municipio no es, técnicamente, una proeza: es la definición literal del oficio. Es como que un panadero anuncie con bombo que, tras arduas gestiones, logró hornear pan. "Con recursos propios" es una frase hermosa porque sugiere sacrificio heroico, cuando en realidad describe el funcionamiento normal de un ayuntamiento que cobra impuestos precisamente para eso. Uno celebra que la unidad llegue —nunca sobran las ambulancias, y menos donde tardaban años en llegar—, pero el tono épico del anuncio es para enmarcarlo.
Y luego está la techumbre, que es donde el reparto de créditos alcanza niveles de guion premiado. La obra, nos informan, se completó mediante un programa federal y con la cooperación de los padres de familia. Traduzcamos el organigrama del milagro: la Federación puso el programa, las mamás y los papás pusieron el esfuerzo y la cooperacha, y el municipio puso, fundamentalmente, la presencia en la foto del corte de listón. Es un modelo de gobernanza colaborativa admirable, siempre y cuando quede claro quién cargó los costales y quién cargó las tijeras.
Nada de esto significa que las obras estén mal. La techumbre protegerá a niñas y niños del sol y la lluvia, y eso es incuestionablemente bueno. La ambulancia salvará vidas, y eso vale más que cualquier boletín. El reclamo, aquí en El Destiempo, no es contra la lámina ni contra la unidad médica: es contra la narrativa de telenovela que convierte la obligación en favor y la corresponsabilidad ciudadana en gesto de generosidad municipal.
Porque si comprar una ambulancia con dinero público es un logro digno de segundo informe, entonces todos deberíamos exigir un reconocimiento por pagar la luz cada bimestre. La vara está tan baja que cualquiera la brinca sentado. Y en Michoacán, donde de verdad hacen falta ambulancias, escuelas dignas y menos autopromoción, quizá el logro más grande sería, algún día, que cumplir con la chamba deje de anunciarse como epopeya.
Empecemos por la ambulancia. Que un municipio compre una ambulancia con recursos del propio municipio no es, técnicamente, una proeza: es la definición literal del oficio. Es como que un panadero anuncie con bombo que, tras arduas gestiones, logró hornear pan. "Con recursos propios" es una frase hermosa porque sugiere sacrificio heroico, cuando en realidad describe el funcionamiento normal de un ayuntamiento que cobra impuestos precisamente para eso. Uno celebra que la unidad llegue —nunca sobran las ambulancias, y menos donde tardaban años en llegar—, pero el tono épico del anuncio es para enmarcarlo.
Y luego está la techumbre, que es donde el reparto de créditos alcanza niveles de guion premiado. La obra, nos informan, se completó mediante un programa federal y con la cooperación de los padres de familia. Traduzcamos el organigrama del milagro: la Federación puso el programa, las mamás y los papás pusieron el esfuerzo y la cooperacha, y el municipio puso, fundamentalmente, la presencia en la foto del corte de listón. Es un modelo de gobernanza colaborativa admirable, siempre y cuando quede claro quién cargó los costales y quién cargó las tijeras.
Nada de esto significa que las obras estén mal. La techumbre protegerá a niñas y niños del sol y la lluvia, y eso es incuestionablemente bueno. La ambulancia salvará vidas, y eso vale más que cualquier boletín. El reclamo, aquí en El Destiempo, no es contra la lámina ni contra la unidad médica: es contra la narrativa de telenovela que convierte la obligación en favor y la corresponsabilidad ciudadana en gesto de generosidad municipal.
Porque si comprar una ambulancia con dinero público es un logro digno de segundo informe, entonces todos deberíamos exigir un reconocimiento por pagar la luz cada bimestre. La vara está tan baja que cualquiera la brinca sentado. Y en Michoacán, donde de verdad hacen falta ambulancias, escuelas dignas y menos autopromoción, quizá el logro más grande sería, algún día, que cumplir con la chamba deje de anunciarse como epopeya.