A los cocodrilos de Vallarta no los van a mudar (y ellos, encantados)
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Buenas noticias para los residentes más antiguos de la Bahía de Banderas: los cocodrilos se quedan. La Secretaría de Medio Ambiente de Jalisco descartó una reubicación masiva de estos reptiles en Puerto Vallarta y la región, con un argumento bastante sensato, hay que reconocerlo: andarlos mudando de golpe genera más problemas de los que resuelve.
La postura oficial es que solo se trasladará a los ejemplares que representen un riesgo recurrente para la gente. O sea, los cocodrilos podrán seguir tomando el sol en sus canales y esteros de siempre, mientras no se pasen de la raya. Un pacto de caballeros entre la especie que llevaba aquí millones de años y la que llegó apenas antier a construirle un fraccionamiento encima.
Porque conviene recordar quién invadió a quién. El cocodrilo no se metió a tu desarrollo residencial con vista a la marina; el desarrollo residencial se levantó sobre su sala. Pedirle ahora que se mude a un santuario es como comprar casa junto al aeropuerto y luego exigir que quiten los aviones.
La federación, por su parte, coqueteó con la idea de mandarlos a santuarios y cocodrilarios, en plan programa de reacomodo. Pero el estado prefirió no jugarle a la mudanza multitudinaria, y uno agradece el pragmatismo: mover cocodrilos en masa suena a la clase de operativo que empieza en junta de gabinete y termina en nota roja.
Así que si vive en Vallarta y comparte estero con un lagarto, respire hondo: ninguno de los dos se va. Vayan aprendiendo a saludarse. Él tiene más antigüedad, mejores dientes y, seamos honestos, muchísima más paciencia que usted en el tráfico del malecón.
La postura oficial es que solo se trasladará a los ejemplares que representen un riesgo recurrente para la gente. O sea, los cocodrilos podrán seguir tomando el sol en sus canales y esteros de siempre, mientras no se pasen de la raya. Un pacto de caballeros entre la especie que llevaba aquí millones de años y la que llegó apenas antier a construirle un fraccionamiento encima.
Porque conviene recordar quién invadió a quién. El cocodrilo no se metió a tu desarrollo residencial con vista a la marina; el desarrollo residencial se levantó sobre su sala. Pedirle ahora que se mude a un santuario es como comprar casa junto al aeropuerto y luego exigir que quiten los aviones.
La federación, por su parte, coqueteó con la idea de mandarlos a santuarios y cocodrilarios, en plan programa de reacomodo. Pero el estado prefirió no jugarle a la mudanza multitudinaria, y uno agradece el pragmatismo: mover cocodrilos en masa suena a la clase de operativo que empieza en junta de gabinete y termina en nota roja.
Así que si vive en Vallarta y comparte estero con un lagarto, respire hondo: ninguno de los dos se va. Vayan aprendiendo a saludarse. Él tiene más antigüedad, mejores dientes y, seamos honestos, muchísima más paciencia que usted en el tráfico del malecón.