'No estamos endeudando al país': la buena noticia que trae calculadora
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Hay frases que tranquilizan y frases que tranquilizan tanto que dan miedo. Esta semana, desde Palacio Nacional, escuchamos una de la segunda categoría: 'no se está endeudando al país'. Suena a bálsamo, hasta que uno abre el Paquete Económico 2027 y se topa con los numeritos, esos aguafiestas que nunca faltan.
Según los cálculos que circulan, el saldo de la deuda pública pasará de alrededor de veinte billones a casi veintidós billones de pesos, y alcanzará cerca del cincuenta y cinco por ciento del Producto Interno Bruto, el porcentaje más alto desde 1990, cuando muchos de los que hoy se indignan en redes aún no nacían. Traducido a lenguaje de tianguis: a cada habitante del país le toca una rebanada simbólica de unos ciento sesenta y dos mil pesos de adeudo nacional. No la pediste, no la firmaste, pero ya es tuya; considérala tu regalo de bienvenida a la República.
El Instituto Mexicano para la Competitividad, que se dedica al ingrato oficio de leer lo que nadie quiere, hizo notar el detalle incómodo: el gobierno proyecta ingresar poco más de nueve billones y gastar más de diez y medio, una diferencia de alrededor de un billón trescientos mil millones que habrá que financiar de algún lado. En cualquier hogar mexicano a eso se le llama 'la quincena no llega al quince'; en la jerga oficial se le bautizó, con mayúsculas solemnes, Requerimientos Financieros del Sector Público, que es la manera elegante de decir lo mismo sin que suene a regaño de mamá.
La promesa es que no habrá nuevos impuestos ni gasolinazos, y que el hueco se tapará persiguiendo factureras, deducciones fantasiosas y evasores. Es un plan admirable, con un pequeño supuesto heroico: que quien lleva años esquivando al fisco de pronto se dejará atrapar por pura educación cívica. Es el equivalente a planear tu jubilación con base en los boletos de la rifa que todavía no compras.
Nada de esto significa catástrofe inminente; las calificadoras aún mantienen a México a un escalón del grado de inversión, que en esta economía es el elogio de 'sigues vivo', aunque S&P conserve una perspectiva negativa por si acaso. Pero conviene desconfiar por principio de cualquier funcionario que use la palabra 'no' delante de un verbo tan caro. Cuando a uno le juran que no lo están endeudando, lo prudente es revisar dos veces la cartera, tres veces el estado de cuenta y, por las dudas, esconder la tarjeta antes del Grito.
Según los cálculos que circulan, el saldo de la deuda pública pasará de alrededor de veinte billones a casi veintidós billones de pesos, y alcanzará cerca del cincuenta y cinco por ciento del Producto Interno Bruto, el porcentaje más alto desde 1990, cuando muchos de los que hoy se indignan en redes aún no nacían. Traducido a lenguaje de tianguis: a cada habitante del país le toca una rebanada simbólica de unos ciento sesenta y dos mil pesos de adeudo nacional. No la pediste, no la firmaste, pero ya es tuya; considérala tu regalo de bienvenida a la República.
El Instituto Mexicano para la Competitividad, que se dedica al ingrato oficio de leer lo que nadie quiere, hizo notar el detalle incómodo: el gobierno proyecta ingresar poco más de nueve billones y gastar más de diez y medio, una diferencia de alrededor de un billón trescientos mil millones que habrá que financiar de algún lado. En cualquier hogar mexicano a eso se le llama 'la quincena no llega al quince'; en la jerga oficial se le bautizó, con mayúsculas solemnes, Requerimientos Financieros del Sector Público, que es la manera elegante de decir lo mismo sin que suene a regaño de mamá.
La promesa es que no habrá nuevos impuestos ni gasolinazos, y que el hueco se tapará persiguiendo factureras, deducciones fantasiosas y evasores. Es un plan admirable, con un pequeño supuesto heroico: que quien lleva años esquivando al fisco de pronto se dejará atrapar por pura educación cívica. Es el equivalente a planear tu jubilación con base en los boletos de la rifa que todavía no compras.
Nada de esto significa catástrofe inminente; las calificadoras aún mantienen a México a un escalón del grado de inversión, que en esta economía es el elogio de 'sigues vivo', aunque S&P conserve una perspectiva negativa por si acaso. Pero conviene desconfiar por principio de cualquier funcionario que use la palabra 'no' delante de un verbo tan caro. Cuando a uno le juran que no lo están endeudando, lo prudente es revisar dos veces la cartera, tres veces el estado de cuenta y, por las dudas, esconder la tarjeta antes del Grito.