El vicepresidente y su aerolínea del amor patrio
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Hay ofertas comerciales que nacen para la historia, y esta semana el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, inauguró una modalidad inédita de generosidad: el boleto de avión con causa. Durante un acto del Partido Republicano en Dallas, un manifestante interrumpió su discurso ondeando una bandera mexicana, y el político no perdió la oportunidad de improvisar promoción: 'Si amas tanto México, vete allí. Yo te compro el boleto de avión'. Aplausos, ovación y una nueva línea aérea espiritual llamada, digamos, Patriot Airlines.
Uno agradece el gesto, de verdad. Es raro que un funcionario extranjero muestre tanto entusiasmo por que la gente conozca nuestro país. Casi da ternura imaginarlo revisando tarifas, comparando escalas, buscando el asiento con más espacio para las piernas del nacionalismo. Lástima que la oferta venga con letra chiquita: solo aplica para quien saca la bandera en el momento incómodo, no para quien de verdad quisiera un aventón.
Porque si el señor Vance anda repartiendo boletos, en Michoacán tenemos lista de espera. Ahí están los habitantes de Guanajuatillo, en Apatzingán, que preparan maletas no por amor a la patria sino por miedo a los pasos en la azotea. Ellos sí que querrían un vuelo, aunque fuera en clase turista, con tal de dormir sin sobresaltos. A ellos nadie les ofrece boleto; a lo mucho, una recomendación de que denuncien, para engrosar el uno por ciento de casos que algún día se resuelven.
El nacionalismo, ya se sabe, es un deporte que se juega mejor con micrófono y reflectores. Reivindicar la propia bandera pisando la ajena sale barato cuando el escenario aplaude solo. Lo difícil, lo verdaderamente patriótico, sería quedarse a arreglar la casa: la de allá y la de acá. Pero eso no cabe en una frase de convención.
Así que, estimado vicepresidente, aceptamos su modelo de negocio con una contraoferta: en lugar de boletos de salida, mándenos boletos de regreso para los paisanos que se fueron a fuerza. Ese vuelo sí que llenaría el avión, y hasta le organizamos el recibimiento con banda de guerra premiada. Amar a México, resulta, es más caro que un asiento en ventanilla.
Uno agradece el gesto, de verdad. Es raro que un funcionario extranjero muestre tanto entusiasmo por que la gente conozca nuestro país. Casi da ternura imaginarlo revisando tarifas, comparando escalas, buscando el asiento con más espacio para las piernas del nacionalismo. Lástima que la oferta venga con letra chiquita: solo aplica para quien saca la bandera en el momento incómodo, no para quien de verdad quisiera un aventón.
Porque si el señor Vance anda repartiendo boletos, en Michoacán tenemos lista de espera. Ahí están los habitantes de Guanajuatillo, en Apatzingán, que preparan maletas no por amor a la patria sino por miedo a los pasos en la azotea. Ellos sí que querrían un vuelo, aunque fuera en clase turista, con tal de dormir sin sobresaltos. A ellos nadie les ofrece boleto; a lo mucho, una recomendación de que denuncien, para engrosar el uno por ciento de casos que algún día se resuelven.
El nacionalismo, ya se sabe, es un deporte que se juega mejor con micrófono y reflectores. Reivindicar la propia bandera pisando la ajena sale barato cuando el escenario aplaude solo. Lo difícil, lo verdaderamente patriótico, sería quedarse a arreglar la casa: la de allá y la de acá. Pero eso no cabe en una frase de convención.
Así que, estimado vicepresidente, aceptamos su modelo de negocio con una contraoferta: en lugar de boletos de salida, mándenos boletos de regreso para los paisanos que se fueron a fuerza. Ese vuelo sí que llenaría el avión, y hasta le organizamos el recibimiento con banda de guerra premiada. Amar a México, resulta, es más caro que un asiento en ventanilla.