La banca de los cincuenta mil pesos que espera el visto bueno de la Federación
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En Morelia acabamos de descubrir el objeto más caro de la Plaza de Armas, y no es un monumento ni una obra de arte: es una banca. Una banca común y corriente que un árbol, harto quizá de tanta lluvia, decidió aplastar el miércoles. Repararla costará cincuenta mil pesos, según el gerente del Centro Histórico, y no cualquier peso: pesos que además deben esperar la aprobación del INAH antes de que alguien se atreva a atornillar nada.
Detengámonos en la cifra. Cincuenta mil pesos por una banca y un barandal. Es el tipo de presupuesto que en cualquier otra ciudad alcanza para una banca de mármol con calefacción, sombrilla y suscripción a Netflix. Aquí, en cambio, financia el privilegio de sentarse en el mismo lugar de siempre, previa autorización federal. Porque hablamos de patrimonio histórico, y el patrimonio no se repara: se tramita.
Uno entiende, de veras, el celo por el Centro Histórico. Faltaba más que cualquier carpintero llegara a martillar sobre siglos de cantera. Pero da cierta ternura administrativa que una banca requiera oficio, sello y paciencia franciscana, mientras a la vuelta caían nueve árboles en la misma tormenta y la ciudad seguía como si nada. Los árboles se caen gratis; levantarlos, ese es el arte.
Y mientras el expediente de la banca sube por la escalera burocrática rumbo a la Ciudad de México, el vecino que quería sentarse a comer una nieve tendrá que hacerlo de pie, contemplando los conos anaranjados que hoy ocupan el sitio. Es la nueva atracción del primer cuadro: el memorial al trámite, ese monumento invisible que todos financiamos y nadie inaugura.
La moraleja, paisanos, es sencilla. En esta ciudad reparar una banca puede tardar lo que tres reformas educativas y costar como un pozo de agua potable en una colonia. Así que la próxima vez que un árbol amenace con caer sobre el mobiliario urbano, mejor recémosle: sale más barato la intervención divina que la del Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Detengámonos en la cifra. Cincuenta mil pesos por una banca y un barandal. Es el tipo de presupuesto que en cualquier otra ciudad alcanza para una banca de mármol con calefacción, sombrilla y suscripción a Netflix. Aquí, en cambio, financia el privilegio de sentarse en el mismo lugar de siempre, previa autorización federal. Porque hablamos de patrimonio histórico, y el patrimonio no se repara: se tramita.
Uno entiende, de veras, el celo por el Centro Histórico. Faltaba más que cualquier carpintero llegara a martillar sobre siglos de cantera. Pero da cierta ternura administrativa que una banca requiera oficio, sello y paciencia franciscana, mientras a la vuelta caían nueve árboles en la misma tormenta y la ciudad seguía como si nada. Los árboles se caen gratis; levantarlos, ese es el arte.
Y mientras el expediente de la banca sube por la escalera burocrática rumbo a la Ciudad de México, el vecino que quería sentarse a comer una nieve tendrá que hacerlo de pie, contemplando los conos anaranjados que hoy ocupan el sitio. Es la nueva atracción del primer cuadro: el memorial al trámite, ese monumento invisible que todos financiamos y nadie inaugura.
La moraleja, paisanos, es sencilla. En esta ciudad reparar una banca puede tardar lo que tres reformas educativas y costar como un pozo de agua potable en una colonia. Así que la próxima vez que un árbol amenace con caer sobre el mobiliario urbano, mejor recémosle: sale más barato la intervención divina que la del Instituto Nacional de Antropología e Historia.