La difunta que resultó estar muy viva (y muy debiendo)
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En el catálogo de excusas para no pagar una deuda —'ahorita ando corto', 'la próxima quincena sin falta', 'me falló un cliente'—, hacía falta la definitiva, la que no admite réplica: morirse. Eso es, presuntamente, lo que intentó una mujer en Juárez, Nuevo León, señalada de organizar las llamadas 'Tandas Vane', un sistema de ahorro colectivo que terminó con decenas de participantes reclamando su dinero y, de pronto, dándole el pésame.
Según las denuncias, cuando los reclamos por un millón de pesos retenido subieron de tono, comenzaron a circular por redes sociales esquelas en blanco y negro con la fotografía de la organizadora, anunciando su fallecimiento e incluso el lugar donde se le velaría. Un giro dramático digno de telenovela de las tres de la tarde: la deudora no huyó, no se escondió, no bloqueó el WhatsApp. Se murió. O eso quería que creyéramos.
El plan tenía una debilidad estructural. Para fingir un funeral se necesita una funeraria cómplice, y aquí es donde el guion se cae. Capillas Funerarias La Fe emitió un desmentido categórico: ninguna persona con ese nombre recibía servicios velatorios en su sucursal. En otras palabras, la 'difunta' fue desmentida por su propia funeraria, que es la manera más humillante de que te devuelvan a la vida. Ni muerta la dejaron descansar del asunto.
Hay que reconocer la audacia. La tanda es, quizá, la institución financiera más honesta y más frágil de México: funciona con pura confianza, sin contratos, sin buró, sin más garantía que la palabra y el qué dirán. Traicionarla es de un cinismo notable; traicionarla fingiendo tu propio velorio ya es material de posgrado. La señora no solo se habría llevado el ahorro de sus vecinas: se habría llevado también la única cosa que sostiene a una tanda, que es creerle al de al lado.
Lo demás es previsible. Las participantes siguen sin su dinero, la 'occisa' resultó gozar de cabal salud —con historial crediticio delicado—, y el barrio aprendió, a la mala, una lección milenaria: en este país puedes fingir casi todo —un título, una encuesta, una inauguración—, pero jamás subestimes la capacidad de una funeraria seria para arruinarte la coartada. Que en paz no descanse su adeudo.
Según las denuncias, cuando los reclamos por un millón de pesos retenido subieron de tono, comenzaron a circular por redes sociales esquelas en blanco y negro con la fotografía de la organizadora, anunciando su fallecimiento e incluso el lugar donde se le velaría. Un giro dramático digno de telenovela de las tres de la tarde: la deudora no huyó, no se escondió, no bloqueó el WhatsApp. Se murió. O eso quería que creyéramos.
El plan tenía una debilidad estructural. Para fingir un funeral se necesita una funeraria cómplice, y aquí es donde el guion se cae. Capillas Funerarias La Fe emitió un desmentido categórico: ninguna persona con ese nombre recibía servicios velatorios en su sucursal. En otras palabras, la 'difunta' fue desmentida por su propia funeraria, que es la manera más humillante de que te devuelvan a la vida. Ni muerta la dejaron descansar del asunto.
Hay que reconocer la audacia. La tanda es, quizá, la institución financiera más honesta y más frágil de México: funciona con pura confianza, sin contratos, sin buró, sin más garantía que la palabra y el qué dirán. Traicionarla es de un cinismo notable; traicionarla fingiendo tu propio velorio ya es material de posgrado. La señora no solo se habría llevado el ahorro de sus vecinas: se habría llevado también la única cosa que sostiene a una tanda, que es creerle al de al lado.
Lo demás es previsible. Las participantes siguen sin su dinero, la 'occisa' resultó gozar de cabal salud —con historial crediticio delicado—, y el barrio aprendió, a la mala, una lección milenaria: en este país puedes fingir casi todo —un título, una encuesta, una inauguración—, pero jamás subestimes la capacidad de una funeraria seria para arruinarte la coartada. Que en paz no descanse su adeudo.