Paraíso fiscal para las empresas, colecta para los bomberos
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Hay semanas en que el guion se escribe solo. Nuevo León anunció, con bombo y platillo, dos polos de desarrollo económico en Anáhuac y Pesquería, y el propio gobernador los describió como 'paraísos fiscales'. Uno esperaría que el eufemismo hiciera acto de presencia —'zona de estímulos', 'régimen preferente', cualquier cosa—, pero no: se optó por el nombre artístico que suele aparecer en reportajes de evasión y en documentales con música de suspenso. Transparencia radical, hay que reconocerlo.
El argumento es de manual: menos impuestos, más inversión, más empleo. Y quizá funcione. Pero el chiste se cuenta solo cuando, en esa misma semana, la Estación 13 de Bomberos en García cerró operaciones por falta de recursos. Semanas atrás ya se había advertido que, sin apoyo económico, el cuartel apagaría su última luz. Y la apagó.
Así que el mensaje que queda flotando en el aire —ese aire que a veces huele a humo— es de una elegancia brutal: para el capital, paraíso; para quien corre hacia el fuego, alcancía. Tenemos incentivos fiscales de clase mundial y camiones de bomberos que se despiden con honores. Uno imagina la escena: un corporativo estrenando sus beneficios en el flamante polo de inversión mientras, a unos kilómetros, los bomberos entregan la estación como quien devuelve las llaves de un departamento que ya no puede pagar.
Nadie discute que atraer inversión sea deseable; el estado necesita empleo y lo sabe. El detalle fino es el orden de las prioridades y la poesía involuntaria de los tiempos. Cuando el mismo calendario anuncia paraísos para las empresas y despedidas para los bomberos, el ciudadano promedio hace la cuenta rápida y entiende quién viaja en primera clase y quién va parado en el camión.
Ojalá el flamante paraíso fiscal contemple, entre tantos estímulos, una partidita para que la Estación 13 resucite. Sería el único paraíso que de verdad le urge a García: uno con extintor.
El argumento es de manual: menos impuestos, más inversión, más empleo. Y quizá funcione. Pero el chiste se cuenta solo cuando, en esa misma semana, la Estación 13 de Bomberos en García cerró operaciones por falta de recursos. Semanas atrás ya se había advertido que, sin apoyo económico, el cuartel apagaría su última luz. Y la apagó.
Así que el mensaje que queda flotando en el aire —ese aire que a veces huele a humo— es de una elegancia brutal: para el capital, paraíso; para quien corre hacia el fuego, alcancía. Tenemos incentivos fiscales de clase mundial y camiones de bomberos que se despiden con honores. Uno imagina la escena: un corporativo estrenando sus beneficios en el flamante polo de inversión mientras, a unos kilómetros, los bomberos entregan la estación como quien devuelve las llaves de un departamento que ya no puede pagar.
Nadie discute que atraer inversión sea deseable; el estado necesita empleo y lo sabe. El detalle fino es el orden de las prioridades y la poesía involuntaria de los tiempos. Cuando el mismo calendario anuncia paraísos para las empresas y despedidas para los bomberos, el ciudadano promedio hace la cuenta rápida y entiende quién viaja en primera clase y quién va parado en el camión.
Ojalá el flamante paraíso fiscal contemple, entre tantos estímulos, una partidita para que la Estación 13 resucite. Sería el único paraíso que de verdad le urge a García: uno con extintor.